el resto que lo haga don sesto


Dejar cosas tiradas
Mayo 7, 2008, 10:38 am
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Quiero escribir hoy. ¿Qué tal una carta? Podría empezar de esta forma. Querida Ausente: ya no vendrás. Estando a mi lado ya no vendrás. Eso porque me gustan las historias tristes. Tristes, pero sin llanto. Soporto poco el llanto, soporto poco aquellos que no viven: que más bien se arrastran. Que arrastran los pies, y el ruido se escucha por todo el mundo. Me gustaría ponerle un título a la carta. Me gustaría un trotecito previo entre lo blanco, y el título, para dejarme caer mientras voy escribiendo. Mientras pienso el título, mentras pienso si decido o no escribir una carta, me gustaria hacer otra cosa: perderme en lo que ha hecho alguien de mi alguien que escribe.

El punto que más me llama la atención es este: cada uno va acumulando en un espacio lo que se debe contar para evitar que se estalle la cabeza. Así de necesario lo veo yo. Cuando algo no va bien con la escritura, ni siquiera con la necesidad de contar una historia, o de divagar: cuando me entra la desgana de escribir comienza a dolerme el cuerpo, y nada de lo que conscientemente me parece bueno, o deseable, lo es. Hay aquí una enfermedad: una enfermedad que consiste en ver mi nombre escrito, en ver lo que veo, escrito, para poder llegar a él. Hay una enfermeedad cuya síntoma es este: la vida llega tarde.

Ya existe una elaboración previa para vivir. Pero como si cada uno, cada quien, se llama como se llame, viva como viva, no tuviera un oficio similar: el oficio de llegar tarde. Para pasar la calle: ninguno ha dicho que se nazca con la suficiente sabiduria llamada pasar la calle. Para pasar la calle debe confluir muchísimo. Categorías, costumbres, coordenadas. Luego escribir es un oficio igual de complejo y de elaborado, y que llega tarde. Es otro oficio. Pero un oficio que llega tarde de una manera distinta. Esto distinto es lo que hace de la escritura algo posible.

Llegar tarde. Llegar cuando todo está hecho. Cuando la vida ya está vivida. Cuando vivir sería algo así como descender de otro espacio, de otro mundo. De otro planeta. Y el simple acto de conocer a alguien, de pedir la hora, es el choque de dos mundos que por esencia son distintos. La ciencia ficción sería nuestro credo. Ejemplo: pedir la hora
- ¿Qué hora es? Tienes horas. Es tan amable me dice la hora.
- Has llegado, has descendido. Eres un extranjero, un extraterrestre que está lejos de mí, y que no sabes nada.

Y no es simple poesía: así sucede. Luego la costumbre, la monotonía, lo gris reducen los espacios. Tiende puentes, traza autopistas, carreteras. Eso está bien: también mal. Porque olvidamos que somos de otro lugar: que esto que pisamos no existe, no es nuestro. Porque hemos llegado tarde. Vivir, llegar tarde, dadas las circunstancias, sería invadir un espacio no disponible. Esto es lo que hacemos. De ahí la intolerancia, la falta de respeto, de cariño. De humanidad. Faltaría una especie de seres humanos que nos ayudaran a manejar nuestros hábitos y costumbres: tanto a ablandar la realidad. Como no hacerlo.

Estos seres existen: son los que llegando tarde se vuelven otros en la páginas. Padre e hijo al mismo tiempo: nieto y bisnieto. Escribir es ordenar lo que está quebrado, pero haciendo de este espacio descubierto una línea, una fisura que le abra espacio al sueño. A recorrer de nuevo la costumbre.

La carta, por último:
hoy el amor real es más grande que el perdido. Hoy el amor lo he perdido, porque he perdido la vieja historia de amor.
Doy un punto más: nuestro encuentro fue ingenioso. Ha sido bueno. Cada uno pensando que quería tener al otro. Y el otro es tan distinto. Hay ojos reconociendo errores. Calle, número: chapa. Llave. Hay ojos que miran, y exploran el espacio.
Me suspenderé sobre pueblos lleno de nubes. Sobre el pueblo lleno de tristezas, de despedidas, de aventuras.
Me perderé luego.

The Do - On My Shoulders



Ya no Vendrás
Mayo 3, 2008, 6:53 am
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Breve y
densa teoria
para hablar de lo que antes no estaba ocupando
un espacio.

Al fin, el espacio.
Ocupar un lugar: mantenerlo. Mantener un lugar para que esté al alcance de la mano. Detenerlo.
Utilizar la mano, hacer uso de las cosas. Ocuparlas, tocarlas.
Y lo que llama la atención sobre ellas, esta mano que estiro para decir, cama, mueble, pelota, es la fuerza llamada atención. Y no es mera tautología.
Lo que llama la atención está determinado por el contemplar de alguien más. Hacer uso de la mano es llamar la atención. Lo que se hace, lo que está a la mano, se muestra como cosa poco usual. Porque es distinta a la mano. Que toca, que ocupa.

Al fin, el mundo.
Decir hay mundo. Nombrarlo, clasificarlo. Hacer uso… porque hacer uso es que caiga bajo la mano. Volverlo humano, al mundo, por el empleo de la mano. Y ahora estas preguntas:
Quién está ahí. Quién se encuentra ocupando un sitio. Quién tiende la mano.
Quién comparece. Quién toma mundo. Quién dice hay mundo.

Al fin, la pregunta.
Emplear la mano es ocuparla. Mantenerla ocupada es empecinarse en una sola aclaración. El empleo.
Emplearse: estirar, alargar. Emplearse es estar despierto. Despierto en todas las direcciones del tiempo. Perdón.
Del espacio.

Quien emplea trae uso: usa la mirada. ¿Quién mira? El poeta. ¿Quién hace uso? El poeta. ¿Quién tiende la mano? La remisión. Habría que hablar muchísímo para dar el paso: para pasar de la mano a la remisión.

Pero es esta una breve y densa teoría. También una disculpa.
(Para hablar de alguien más).

Densidad.

Al fin el espacio vacío, no alineado. Al fin lo denso, lo especulativo para no golpearse.
Lo denso, es decir:
la densidad. Para al final llegar a esto: ya no vendrás. (No hay nadie para ser esperado en mi espacio).
La densidad, es decir: un tiempo manchado. Para al final llegar a esto:
a nada.

¡A LLORAR! (¿Qué espacio, o es tiempo, ocupa el llanto?)

A que no hay poetas: porque siempre se necesite alguien más que nombre nuestro estar sin algo. Sin alguien. Ya no están tus zapatos cuando quiero ir a bailar.

The Dodos - Men



Ya casi te olvido
Abril 27, 2008, 7:45 pm
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Y he escuchado que te vas a dormir pensando cuándo las personas, cuándo lo que queda, y lo que hay, se convierte en un registro de nostalgia. Yo creo que tengo la respuesta.

Nostalgia no es recuerdo. Tiene que ver con la ruina. Es la ruina. Pero no es la ruina cuando se dice: es la ruina, se ha arruinado. Se ha dañado. Es la ruina que acaba con todo cuando era tan sencillo, al principio, tan sencillo…. No, yo sé que no me entiendes. Porque digo ruina, y tú enseguida, según una costubre mantenida por años, entiendes que todo se acaba, porque no pudo ser. Sí, todo se acaba, pero el registro de ello, la nostalgia, es lo que nos dice que nunca acaba. Que sencillamente pasa de un estado a otro: que se daña, se corrompe, por un estado similar al abandono. Me sigo explicando.

El registro de nostalgia nace cuando al principio, cuando por una palabra que no se dijo, un momento no agotado del todo, se hace de ello un estado normal. Un estado de todos los días. ¿Qué es ese ¨ya casi¨ en ya casi te olvido? Ese ¨ya casi¨ en ya casi te olvido es indescriptible. Haría falta conocer los términos, los extremos, para saber muy bien qué es lo que se está abandonando, a dónde se está llegando. Ese ¨ya casi¨ en ya casi te olvido no existe. Y sin embargo tal vez no haya ninguno que sabiendo, que habiendo vivido la nostalgia no llegue a comprender que nostalgia es un círculo: es un umbral. Es recuerdo, y es un ya no recuerdo. A la vez. Es un sí, y un no, conjuntamente. Por eso cada día aprendo a decir: nostalgia, registro de nostalgia.

Como la casa que se ha quedado en ruinas. Pero casa, decir algo de la palabra ´casa´ es afirmar que casa es donde se vive. Casa es un lugar para habitar. Pero casa en ruinas es una contradicción: un lugar habitable, que ha sido para habitar, pero que se ha vuelto inhabitable. Decir casa en ruinas es decir algo que no puede ser. Y sin embargo existe. Se palpa cuando era tan fácil al principio impedir que se acabase. Que se arruinara. Sólo existe casa con la condición de que no haya ruina. (Por eso por mucha pintar la casa de los pobres: hombre que eso no es casa….)

Entonces vuelvo y pregunto: ¿por qué se insiste tanto?, ¿por qué no se puede soltar? ¿Por qué uno se aferra tanto a determinadas personas, a determinados recuerdos? ¿Por qué hacer de una no-casa una casa? Particularmente me agrada no soltar, no poder olvidar, porque haciendo de este umbral un estado normal, se carga el tiempo, los días, las horas, con un mundo de incomprensiones, de lugares, con una selección de fechas que hace del tiempo presente un tiempo no continuo: un tiempo denso. Le voy a llamar: tiempo manchado.
Y aquello de ´seguir adelante sin más´ suelta uno un gran tesoro: la densidad. Voy a ser más riguroso: quizá sea preferible sentir la acción del destino, antes que la pequeña acción personal. Sentirse unido a algo, a alguien, lo prefiero, a ese plano, a ese escritorio, a esa recta continua sin arrugas, sin lunares. Sin masoquismo, y situaciones incómodas. Prefiero respirar muchas veces antes de hablar. Prefiero estar dando rodeos, dando rodeos ante lo evidente, antes que hacer de los días, de mis días, la línea más correcta, y aburrida, de unir dos puntos.

¿Por qué insisto tanto?: porque prefiero este juego de ir y volver, este juego donde la vida tiene densidad. La siguiente pregunta sería esta: ¿qué significa seguir adelante? ¿Qué significa preguntarse cuándo las personas, las fechas, los lugares se vuelven registros de nostalgia? Porque tal vez sentir nostalgia no sea lo malo que hemos pensado: yo creo que la nostalgia nos enseña a ser ligeros siendo lo más pesados posibles. ¡Quién no se aburre de estar contando las mismas historias de siempre!: pero creo que en la monotonía de la nostalgia existe demasiada variedad, demasisdos matices y demasiada sutilidad como para no disfrutarla, y aprender de ella. Hay que arrugar el tiempo. Hay que mancharle.

Y ahora está la otra parte. Esta: ya casi te olvidé. ¿Hay un casi olvido, un casi recuerdo hay un casi nada?

También quería hacer una presentación del trabajo de Antía Moure. Creo que ella complea, abarca, y nos deja sobrevolando la incapacidad de un gesto preciso para decir sí, para decir no. Para decir déjame en paz.

Y para oídos en ruinas,
Blonde Redhead - The Dress



Lista de Regalos: libro
Abril 22, 2008, 6:51 am
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Traigo desde hace unos días un proyecto entre manos. Y digo y vuelvo y digo manos, digo manos, porque en la época que toco es muy importante el oficio de la manos. El tocar con las manos, el buscar, el agarrar. Tal vez sólo hasta algún tiempo después sea muy importante esto de las líneas de la mano, su lectura, su bosquejo. Y su veredicto. Pero es en la infancia donde el mundo vuelve como pomo: como piedra para agarrar. Lo que conocemos es firme como este papel, como esta pantalla que recorren las palabras. Y sin embargo es la época en que probablemente nos sea tan fácil hablar con fantasmas, tener sueños más reales que la vida misma. No hay distinción alguna entre lo irreal y lo real, y justamente todo esto en el tiempo en que usamos de tal modo nuestras manos.
Podría decirse que tanto sueñas, tanto dejas de ser gris, cuanto mayor es la capacidad de pensar a través de tus manos. Existe, sólo existe lo que toco y cubro con mi mano. Y sin embargo el monstruo del armario, si es que sigue allí, es tan cierto y contundente como para robarnos el sueño. Puede ser que cuando más olvidamos ese dedo que se estira y se unta, y agarra, y cambia, y transforma, más olvidamos que el mundo es un tanto más permisible.

Este proyecto se me ocurrió por aquello a lo que siempre me he referido cuando hablo de la mayoria de la edad, y su completa torpeza a la hora de pensar y actuar en el mundo como adulto. El niño sabe de esto mucho más que nosotros. Y los que llevan las riendas, una, dos personas, han olvidado lo que ha sido ser niño. Este proyecto del libro para niños es también un libro para adultos que nacieron siendo adultos. Sin movimiento, sin traspaso de edades. Sin franjas que separen lo que ha sido un antes, de éste después, y del ahora. No hablo de la época dorada en la que todo era nuevo, y vivir no era estar en una sala de espera con su música sedante, y con las revistas manoseadas por mil personas. Me interesan las manos. Porque la infancia también la hemos arruinado, y no me creo aquello de que nada mejor que un niño, o más inocente, y que por eso debemos ser niños. No, lo que me fascina de la infancia es esta atmófera de manos. Puede que me equivoque en mi juicio, pero tampoco es tan importante. No busco verdades, o la aprobación de los psicólogos, y de las personas que aún creen en la infancia. Yo busco, y la búsqueda es para mi lo que vale la pena.
Y vo a dejar de decir ya mismo…. manos.

La historia y la idea ha sido mia: las observaciones. Las ilustraciones van a ser de mi amigo ivanV. Fue él quien encontró a Sara Fanelli. Sorpresa, entusiasmo. Es posible hablar para niños sin pasarse de idiota.

Raramente un libro para niños, Botton (1994) en este caso, me había entusiasmado tanto, pues no sólo está muy bien hecho: desde tan pronto se hace necesario aprender a ir despacio. A denerse. A mirar. Hay algo que se recalca mucho: las verdades no son sencillas y de una sola pieza. Están compuestas de partes muy diversas, siendo el conjunto, lo que llamamos verdad, algo raro, diverso, y de sentidos equívocos. Es un libro para leer y para ver muchísimas veces. Para sorprenderse al pasar la página. Y yo creo que es esta sopresa el gran valor de la lectura, y de los libros: y no la simple información. Que un libro nos ayude a ver el mundo un poco más opaco, un poco más misterioso, un poco menos limpio y puro: eso es lectura. Es libro.

De ahí el entusiasmo en trabajar en un libro para niños incluso si son adultos. Más si son adultos. Estos últimos son los que menos se sorprenden, creyendo que la realidad es igual de sencilla a separar el blanco del negro. A decir esto no es esto. A no es B. Añado que no me gustó que Sara vuelva a poner al lobo como malo. Nos han hecho mucho daño inventando semejante historia.

Y para los oidos,

Ladytron - Destroy Everything You Touch



Ceguera - I (De quién, a quién. Y por quién)
Abril 17, 2008, 7:39 am
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Termino de ver la película Cartas a Una desconocida, y me queda esta sensación que traen las mejores películas. Esto no es la pantalla, esto es mi cuerpo, y el director ha filmado sobre mi piel. Yo soy el personaje, a mi es el que me pasa todo esto que veo en la pantalla, y mi error ha sido creer que la historia iba al frente. Cuando soy yo, cuando es mi cuerpo, y su piel, y sus poros, y sus líquidos, y sus movimientos, y sus retrocesos, el protagonista. Es mi miseria, mi felicidad. Es mi propia insistencia: no la de Lisa. No se trata aqui de rumiar un comentario, cuanto tratar de describir, que no de explicar, lo que fue la película. Por qué insisto tanto, por qué no puedo soltar. Por qué renuncio al secreto del secreto, y no olvido. Por qué me gusta tanto aferrarme a los recuerdos. Por qué uno se aferra tanto a determinadas personas, a determinados recuerdos. Y entonces me topo con la película de Max Ophüls. O ahi está la película que no es sino otro dedo, otra cabeza añadida a mi cuerpo. Soy yo actuando, es mi vida. No hay teatro, no hay escena no hay proscenio, no hay decorados. Soy yo, es de mi de quien se habla. Pero no soy sólo yo: es cualquiera. ¿Por qué habriamos de pensar que aquello que le pasa a uno no no le puede pasar a cualquiera? Como la música, los sentimientos son universales. Y ése yo que habla de la película, es una pequeña parte, dentro de otra pequeña parte, dentro de otra…

La película la vi después de leer el artículo que Alfredo Moreno publicó en Narrativas (Núm. 9, Abril - Junio 2008). Debo añadir ´espectacular´: la palabra va antes de artículo. Me gustó tanto que aquí estoy tratando de hablar de película. Miento. Tratando de decir algo sobre la insistencia. Lisa se enamora a mi primera vista. Yo también. Creo en la insistencia.
Alfredo escribiendo artículo tan bello, y tan cuidado, me ha llevado a la película. Y de ésta a mi pasado. Y de mi pasado a este presente. Voy a hablar de la insistencia, lo haré, pero quiero dar un rodeo. Que la realidad se opaque un poco. No me gusta mucho poner todo sobre la mesa. Me gusta la tercera, quinta, cuarta lectura. Va una cita de otro libro gigante.

«Una diferencia capital entre la plegaria de los hindúes y la plegaria de los europeos es la siguiente: el hindú reza desnudo, lo más desnudo posible, sin taparse más que el pecho o el vientre cuando está delicado.
No se trata aquí de decencia. El hindú reza solo en la oscuridad bajo el mundo inmóvil.
No debe haber ningún intermediario, ningún vestido entre el Todo y el YO, ni división alguna de las regiones del cuerpo.
También al hindú le gusta rezar en el agua, cuando se baña.
Un hindú que hizo, en mi presencia, su plegaria a Kali, se sacó toda la ropa salvo un cinturoncito y me dijo: «Cuando rezo solo, a la salida del sol, rezo desnudo, rezo con más facilidad».
Siempre incomunica la ropa. En cambio, si el hombre está desnudo, estirado en la oscuridad, el Todo alfluye a él y lo arrasra en su viento.
Al cohabitar con su mujer el hindú piensa en Dios, del cual ella es expresión y partícula.
Qué hermoso tener una mujer que lo entienda así, que despliegue la inmensidad sobre el pequeño pero tan turbador y decisivo sacudón del amor y sobre este brusco y gran abandono.
Y esa comunión en lo inmenso en un momento tal de placer compartido, debe ser, en verdad, una experiencia que permite mirar la gente cara a cara, con un magnetismo que no puede retroceder, santo y lustral a la vez, insolente y sin miedo; hsta los animales deben comunicarse con Dios, dicen los hindúes, tan odiosa les es toda limitación.
Hay hindúes que se masturban pensando en Dios. Dicen que sería mucho peor acostarse con una mujer (como las europeas) que individualizan demasiado al hombre y ni siuiera saben pasar de la idea del amor a la idea del Todo».

Henri Michaux. Un Bárbaro en Asia

Me interesa este fragmento como me interesa lo desnudo, lo que tiene poca ropa. Como me interesa lo que me lleva más allá de la idea que tengo de algo. Del mundo. Me gustan mucho las personas, y sus músicas, y sus libros, y sus sueños, y sus colores, que me sacan de mi rincón y no dejan que me acurruque. Lo que me lleva más allá. Me interesan los olores, el pelo negro, y liso, me interesan las gafas. Pero me interesan las personas con las cuales hay comunión. Yo lo he vivido, he vivido la comunión. Esto existe, y vale la pena defenderlo. Me interesa lo que hace que me suelte: me interesa mucho quien hace que me suelte y me derrame como luz de lámpara, como canción. Me interesa aquello que me hace creer. Por ello podría cambiar el tono de la masturbación del hindú y decir: «mucho peor acostarse y estar y relacionándose con el mundo, y sus cosas, sin creer, y sin tener la posiblidad de ir más allá. De pasar a la idea del Todo».

Adjunto.
Queridos compas españoles el siguiente disco lo lanzan en Madrid mañana = 18 de Abril. El empaque es una maravilla, y el título I Love Your Glasses pega. Les dejo otro tema, ¿perdón?, temazazo. Qué lentitud, que melancolía. Yo quiero más. (Es más si me lo quieren regalar de cumpleaños, o nada más porque sí, recibo envíos hasta el tres de junio. Ya casi llego a los treinta; llevo 28 y 10 meses y pico, si es que me sale la suma. Modelo 79).

Russian Red - Take Me Home



Desaparecer
Abril 14, 2008, 9:37 am
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Hoy voy, ¿hoy?, a hablar con las tripas, voy a escribir con las tripas. Hoy me llamo Miguel Poveda, y voy a cantar esto.

Espero terminarme de morirme de una buena vez. Me muero porque quiero, puedo, y me gusta. ¿Y ahora? Ahora quiero hablar del vértigo

Recuerdo una carta que me escribieron en Diciembre. Yo aún le digo cartas a los correos, porque para mí sigue siendo importante la forma extendida de contar las cosas, de confesarlas. Yo mismo a diario entero a otros de mis deseos, de mis voluntades. Como si a diario se muriese y quisiera dejar todo concluido, todo en paz para llegar tranquilo a la noche. Lo que no quiere decir dormir tranquilo. Lo que quiere decir: llegar a la noche. En la carta me escribían que querían acurrucarse a mi lado y llorar: a ver si el miedo desaparecía. Me gusta mucho cuando me dicen esto que no se olvida. Y agradezco estas cartas en las que aún late el sentimiento del abandono. A veces creo que ya nadie lo dice, ya nadie está dispuesto a dejarse caer. Y por eso estas cartas que me llegan, que me escriben, dejan a un lado al mundo, y ya no hay necesidad de mirarlo. O la necesidad queda suspendida por aquello de acurrucarse.

A veces lloro, pero me gusta más que lloren a mi lado. Acurrucados a mi lado. Cuando eso pasa es porque el mundo ha pasado y nos ha sepultado. Cuando el mundo sepulta, cuando el mundo quiera acabar con nosotros, es porque ha quedado esta sensación de la deriva, de la veleta. El ojo se cierra, y aguanta. Vértigo.
Vértigo, vértigo. Eso pasa cuando se nos ha expulsado desde exterior y nos vamos al interior. Cavamos allí, para que el tiempo pase, y acurrucados: acurrucados vienen a llorar a mi lado.

Llorar, acurrucarse. De esto sé mucho, no lo bastante. No lo suficiente. Sé mucho del mundo que deja a un lado, y lo que no sé. Me lo imagino. (Quiero acurrucarme. O déjame acurrucarme).

Nota Bene.
He recibido mi primer libro dedicado. Muchas, muchas gracias, querida. (Para la parte física digamos que este es el libro número, número redondo por favor, mil. Desde que pude leer, he leído. Continuación: desde que pude ser raro, lo fui….. y aquí vamos a interrumpirle. Me ha dicho que quiere le destripe. Es decir, que lea con las tripas. ¿Acaso hay otra forma?)



publicidad política paga
Abril 11, 2008, 11:14 am
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No tengo nada que decir. O tal vez un apunte, una nota: últimamente vengo fomentando mi insolencia. Y viene bien cuando basta hundir la punta del dedo más pequeño en el decorado para ver como el mundo se viene abajo. Insolente, no está mal, porque no es sólo perder el miedo de decir, cuanto me mido en aquello de, Hasta dónde puedo ser insolente. Porque, un nuevo porque, ser insolente es lo primero para dejar de ser insolente. Momento en que se cierran los labios, y se crea. Se hace. Se crea. Eso,
como para decir, Después de la insolencia se debe inventar un mundillo nuevo para echarlo abajo.

Red Russian - Cigarettes



compañía
Abril 8, 2008, 5:36 am
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Me sigue interesando este Tabarovsky. Y como va unido a la idea que tenía del arte, arte no es arte señalado por una mano que dice esto es arte: así como novela no es un estrechón de manos de alcalde, suscribo punto por punto el artículo que publicó en Babelia. Dejo aquí lo que me hace llorar de contento.
A mi estos bocones me fascinan. (Hay esperanza).

«Hace unos días pasó por Buenos Aires Vargas Llosa. El jefe de Gobierno le otorgó el diploma de huésped de honor, junto con una medalla recordatoria con el escudo de la ciudad. ¿Qué interés puede tener un escritor en ser recibido por el alcalde? ¿Es allí, en el apretón de manos oficial, que el escritor consuma su legitimidad? (el otro punto de consagración es novela llevada al cine. Como si la literatura necesitara de un reconocimiento externo a ella misma -el estado o el mercado- para alcanzar su propia legitimidad)
(…) recuerdo una entrevista de televisión realizada hace cierto tiempo. Vargas Llosa establecía una especie de división internacional del trabajo intelectual. Según decía, a Europa le toca La Razón, la filosofía racionalista; y a América Latina, la literatura entendida en su faceta realista y mágica. En un sólo movimiento dejaba de lado las tradiciones más críticas y agudas de ambas orillas del océano… Ese olvido también parece imperar en Reglas para la supervivencia de la novela, el decálogo que Vicente Verdú publicó en este mismo suplemento en noviembre del año pasado… lo que realmente me asombra es el comienzo del manifiesto de Verdú. Entre fastidiado y decepcionado, señala que los últimos cinco premios Herralde de novela han recaído sin cesar sobre escritores latinoamericanos.
“La novela que todavía se premia responde al molde tradicional y este producto no se cultiva con la debida dignidad sino en la periferia del sistema (…) La novela con argumento son productos que caducaron en territorios de la Metrópoli mucho antes de iniciarse el siglo XXI”. Es curioso, pero Verdú parece no haber registrado una obviedad del mercado español. Las editoriales españolas vienen publicando con fruición, desde hace más de una década, a autores que encarnan una tradición absolutamente opuesta a la que describe Verdú: de Bolaño a Fogwill, de Aira a Bellatin, de Villoro a Levrero, cada uno con sus diferencias bien marcadas, son sin embargo autores que se salen de la linealidad narrativa, de la idea de que la novela tiene que tener una trama ascendente, personajes bien construidos, comienzos atrapantes y desenlaces inesperados. Al contrario, sus textos son raros, transgresores, eruditos, sofisticados, casi vanguardistas.
Precisamente lo más interesante (y a la vez preocupante) es que el mercado español le ha dado gran lugar, quizás como nunca antes, a la más insolente tradición literaria latinoamericana: la que hace de la excentricidad su pasatiempo favorito, del desdén por los lugares comunes su carta de presentación, del malestar frente al estado de las cosas su tema de conversación y de la ruptura con las formas establecidas su tarea cotidiana.
Si algo debería preocuparnos a los escritores latinoamericanos no es escribir bajo “el molde tradicional”, como supone Verdú, porque eso sólo ocurre con los ganadores del Premio Planeta y con algún que otro escritor de taller literario, sino el hecho de que esa otra literatura, la más radical, la más desafiante, ocupe una posición cada vez más central en el mercado. ¿Se puede ser excéntrico y central a la vez? Supongo que esta pregunta debe ser demasiado compleja para Verdú, más allá de que él use términos parecidos, como “periferia del sistema” y “Metrópoli” (así, con mayúscula).»



ideología
Abril 6, 2008, 9:44 am
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Lo que me gusta del arte contemporáneo es que hizo explotar la noción de artista y de arte. Artista ya no es el elegido de los dioses que baja a crear desde la nada. Artista es quien elige lo que es arte, y al hacerlo inaugura un nuevo ámbito: la mirada. ¡Qué poco educada está la mirada actual para el arte contemporáneo!

Hay un claro problema de diálogo y entendimiento entre público y obra, porque el público aún sigue creyendo en el arte como obra separada, como obra a distancia. Lo que menos quiere el arte contemporáneo, creo yo, es la soledad para la obra. Y para ello el arte ataca el origen de la mirada que dice lo que es arte, y lo que no. El automatismo. ¿Cómo lo hace? Con un fino tramado, y un juego de descontexto: poner en entredicho lo que hasta ahora ha sido la manera de juzgar lo artístico: el arte debe ser bello.

Lo que me gusta del arte contemporáneo es que existe un hiato entre la obra, y su juicio: desde ahí elabora maneras de volver a ver, de sólo ver, o de quitar la nube de los ojos. Una vez más: pone en entredicho el mundo como algo conocido, habitual, familiar. El mundo es mucho más voluble de lo que se piensa. Y esto me entusiasma. El arte ataca, nos espera para asaltarnos, y darnos de baja en una esquina cualquiera. El arte está aquí, y donde quiera, y donde se necesite.

El arte es feo, tosco, grosero, huraño; no es lo bello, calmado, y canta como un ángel. El arte no es bueno, ni malo: yo creo que es critica, yo creo que es necesario, yo creo que educa. Yo creo que el arte no es armonía, no es lo que el sujeto ve: concepto kantiano de lo sublime y moral. Concepto kantiano que no permite que el mundo exterior recubra la obra de arte.
El arte no es calmado, porque pone la piel de gallina. Y esta piel es el logro estético. Es el logro que impide pasar de largo. Detenerse. Y la queja aquella de que no entiendo, de que ESTO no es arte, es el resutado de no dejarse inquietar, de… pasar de largo. De no poner entredicho lo que hasta ahora se ha pensado es lo bello, lo artístico.

Más arte, por favor. Más arte para pensar, y para leer-ver muy, pero muy despacio.

Y por qué me interesa una entrada sobre el arte. Tal vez en literatura estemos siguiendo una idea del siglo XVIII. Lo que se lee se entiende. Yo debo saber más después de abandonar el libro. Soy una mejor persona después de haber leido. Error. Leer no es tener. Leer no es saber más. Leer, es leer. (Tautologia que es una clase de NO(ha)Lugar. Lo defino del siguiente modo: algo que no está en ningún lugar, que uno no elige, pero que deja en un lugar. Lectura).

Porque la literatura, porque el leer debería estar un paso más allá de lo real, y de lo imaginario. Porque, es lo que creo, la literatura debería estar en el punto en que el lector, en el que yo como lector voy más allá de los paradigmas asumidos. En que vuelvo a ver a ver. ¿Qué tan bien escrita deber estar una novela para decir está bien escrita? El Ulises está mal escrito, y sin embargo es, sí, a la vez, una obra muy bien escrita. Porque pone en entredicho, porque vuelve a asumir lo habitual. Porque el contexto, y los esquemas están atacados desde la base… despensar, repensar. Sorprender.



génesis, racismo = es mejor tropezar de cuando en cuando
Abril 3, 2008, 3:35 pm
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Me gusta atacar a los automatismos. Aquellos que nos dicen cuándo estamos bien, cuándo mal. Me gusta atacar la veracidad. Me gusta estar en la cabeza de otro, siendo otro. El principio de una novela pude ser, Aquí empieza lo bueno, el extravío. Seré un YO, pero poco a poco. Seré OTROS, pero poco a poco; seré un no-yo antes de terminar la historia. Ataco la veracidad como una enfermedad; pero no por ello todo está permitido, no todo vale. Una vez no hay hablante, y oyente, aparece una masa. La masa texto, la masa novela. Mi único problema es el que habla. Me gusta el trabajo que yo mismo hago de hacer desaparecer a los hablantes. Me interesa la génesis de lo que aún hace posible la literatura: aquella que se piensa así misma. Aquella que piensa su negación, y desde allí pulula. Desde allí escribe. Ese Yo, el YO que me hago poco a poco, el YO que suelo ser, no es persona alguna. No hay personas, o no deberia haber personas entre los que hablan, y los que escuchan. De ahí que no todo valga. O no todo puedo valer, si dejo en entredicho a la veracidad. Me explico.

Este y no otro principio. Elección. Estas y no otras frases. Estas, y no otras. Este principio, principio como axioma; principio como el demonio de la primera frase. Estos principios y estas palabras que uso; esta palabras que me recubren, que me señalan sin que yo mismo pueda salir. La forma, el que sea yo el que soy, el que se me señale como a quien se escucha, se me señale como un líder, como un activista, como un hombre de palabra, como un mentiroso, recubre el contenido. Nada, ni nadie podría escuchar con atención el discurso inflado de alguien que esté disfrazado de Batman. Sin embargo, no importa que el discurso sea inflado, sea de ultraderecha, de ultraizquierda, si el oyente cree que el que escucha tiene la razón. La forma recubre el contenido. El contenido, a quién le importa el contenido. A quién le importa lo que se cuente. Qué importa la historia. Importa el que habla, importa aquel que el oyente ha señalado para que le hable.

Puede ser basura, pero si has ganado el Nobel de Literatura seguro te irá bien. Puede ser basura, pero si te creen puedes mandar a miles a la guerra. Miles a exterminio; miles a deportar.Pero cuando se quiere hacer explotar la literatura por dónde empezar. Haciendo explotar la historia. Mover la literatura. Correrla: quiere decir… qué importa quién habla. Qué importa la historia. Profundicemos.
Qué importa la historia, porque es esta una forma en la aquel que habla te hace callar. Y lo que importa es hablar. Me estoy contradiciendo. Importa y no importa la historia, moverla, pasar de la raya, estar aquí y allí, para que el que habla desaparezca. Una literatura sin hablante. Ahora recuerdo esto,

Esto no es una novela:
el hombre que confundió su cabeza con una gaveta
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Ese era uno de los tantos títulos con el que me presenté al concurso de novela. Ya he puesto alguna cosa. Presentarme era la manera de ser irreverente con lo que es un templo. No se haga mucho ruido. Momias durmiendo. Ser irreverente para hacer explotar lo que es una atmósfera irrespirable: importa quién habla. ¿Acaso no es una prueba de valor, de confianza, también de distancia, que el libro se defienda solo? Incluso siendo un grande no estaria mal publicar bajo seudónimo.
La estrategia consiste en acentuar cada punto, cada coma, cada cagada para lograr un público. ¿Y dónde quedan los principios? Me adecuo al medio: si no te gusta esto, tengo esto otro. Cambio de bando fácilmente.
Y me pregunto: dónde queda la dignidad, aquello de defender una posición. Tener principios. Es decir: ¿será tan cierto que todo vale? Pues no.