Guardado en: escribir
Quiero escribir hoy. ¿Qué tal una carta? Podría empezar de esta forma. Querida Ausente: ya no vendrás. Estando a mi lado ya no vendrás. Eso porque me gustan las historias tristes. Tristes, pero sin llanto. Soporto poco el llanto, soporto poco aquellos que no viven: que más bien se arrastran. Que arrastran los pies, y el ruido se escucha por todo el mundo. Me gustaría ponerle un título a la carta. Me gustaría un trotecito previo entre lo blanco, y el título, para dejarme caer mientras voy escribiendo. Mientras pienso el título, mentras pienso si decido o no escribir una carta, me gustaria hacer otra cosa: perderme en lo que ha hecho alguien de mi alguien que escribe.
El punto que más me llama la atención es este: cada uno va acumulando en un espacio lo que se debe contar para evitar que se estalle la cabeza. Así de necesario lo veo yo. Cuando algo no va bien con la escritura, ni siquiera con la necesidad de contar una historia, o de divagar: cuando me entra la desgana de escribir comienza a dolerme el cuerpo, y nada de lo que conscientemente me parece bueno, o deseable, lo es. Hay aquí una enfermedad: una enfermedad que consiste en ver mi nombre escrito, en ver lo que veo, escrito, para poder llegar a él. Hay una enfermeedad cuya síntoma es este: la vida llega tarde.
Ya existe una elaboración previa para vivir. Pero como si cada uno, cada quien, se llama como se llame, viva como viva, no tuviera un oficio similar: el oficio de llegar tarde. Para pasar la calle: ninguno ha dicho que se nazca con la suficiente sabiduria llamada pasar la calle. Para pasar la calle debe confluir muchísimo. Categorías, costumbres, coordenadas. Luego escribir es un oficio igual de complejo y de elaborado, y que llega tarde. Es otro oficio. Pero un oficio que llega tarde de una manera distinta. Esto distinto es lo que hace de la escritura algo posible.

Llegar tarde. Llegar cuando todo está hecho. Cuando la vida ya está vivida. Cuando vivir sería algo así como descender de otro espacio, de otro mundo. De otro planeta. Y el simple acto de conocer a alguien, de pedir la hora, es el choque de dos mundos que por esencia son distintos. La ciencia ficción sería nuestro credo. Ejemplo: pedir la hora
- ¿Qué hora es? Tienes horas. Es tan amable me dice la hora.
- Has llegado, has descendido. Eres un extranjero, un extraterrestre que está lejos de mí, y que no sabes nada.
Y no es simple poesía: así sucede. Luego la costumbre, la monotonía, lo gris reducen los espacios. Tiende puentes, traza autopistas, carreteras. Eso está bien: también mal. Porque olvidamos que somos de otro lugar: que esto que pisamos no existe, no es nuestro. Porque hemos llegado tarde. Vivir, llegar tarde, dadas las circunstancias, sería invadir un espacio no disponible. Esto es lo que hacemos. De ahí la intolerancia, la falta de respeto, de cariño. De humanidad. Faltaría una especie de seres humanos que nos ayudaran a manejar nuestros hábitos y costumbres: tanto a ablandar la realidad. Como no hacerlo.
Estos seres existen: son los que llegando tarde se vuelven otros en la páginas. Padre e hijo al mismo tiempo: nieto y bisnieto. Escribir es ordenar lo que está quebrado, pero haciendo de este espacio descubierto una línea, una fisura que le abra espacio al sueño. A recorrer de nuevo la costumbre.
La carta, por último:
hoy el amor real es más grande que el perdido. Hoy el amor lo he perdido, porque he perdido la vieja historia de amor.
Doy un punto más: nuestro encuentro fue ingenioso. Ha sido bueno. Cada uno pensando que quería tener al otro. Y el otro es tan distinto. Hay ojos reconociendo errores. Calle, número: chapa. Llave. Hay ojos que miran, y exploran el espacio.
Me suspenderé sobre pueblos lleno de nubes. Sobre el pueblo lleno de tristezas, de despedidas, de aventuras.
Me perderé luego.
The Do - On My Shoulders




