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La entrada es un lugar sin puerta, un lugar expuesto. Las puertas sólo interrumpen. Ser uno mismo ovillo significa ser predecesor y antecesor, generándose, pasándose, como en pleno día en las tablas de arcilla, el joven novio. Países de una silla colgada, tocando el suelo con el talón. Aquí era. La primera mujer desnuda. Ser uno mismo el ovillo, las ciudades en ruinas, las hojas de bronce, cuando todos los seres nos arrastran a cavar nuestro ruido. El más largo camino, la más senda más escarpada, los insectos más inundados, en el espacio, en el truco más reducido, uno mismo. Luego vienen los mayores olores bajo las palmeras. Ser uno mismo el laberinto, el ovillo, una piedra que cae, una concha.
El tipo de ovillo, el vuelo de una grulla. La piedra que cae.
Dejar es dejar la oscuridad. Salir de la escalera. Aquí está cerca, muy cerca. Último escalón.

¿Quién está ahí? ¿Quién se encuentra ocupando un sitio? ¿Quién tiende la mano? ¿Quién comparece? ¿Quién toma mundo? ¿Quién dice hay mundo? Viste el mundo por primera vez, lo viste ocupar un lugar, lo viste mantener el lugar de siempre: no te has preguntado porqué el mundo sigue haciendo lo que ha venido haciendo. Viste el mundo tal día a tal hora, pero de nada de eso te acuerdas, es un recuerdo que nunca estuvo, y ahora lo ves detenido y no recuerdas que antes de eso, antes de la variación de luz, el mundo se movía, y no estaba al alcance de la mano. Esto, al parecer, es muy usual.
Un despejar.
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Cómo se hace un café. Lección Primera. Eso es, bravo por aquel que lo dijo. Eso lo digo, eso lo inventé. Lo cuento ahora. Uno, dos, zeta… olvido que seremos, olvido que fuimos. Olvido en lo que estamos. Lección primera. He comprado una estufita de segunda para preparar café, para luego entonces, entonces luego, sí, para que sentándome removiendo disco tras disco, el café ya puesto en el estómago, descubra que este sueño que no llega. Que este sueño que no llega qué. Hay allí una falta que no termino de ver: tal vez porque aún no cae el sol. Es lo más importante, lo que queda y viene. Queda lo que viene. Es lo más importante, al menos para este codo y este dedo que parece escribir. Y lo repito, la suma no cambiará si muevo las cifras a sumar. Resultado = lo que viene después de esto que se escribe y que lo tengo si lo puedo tener en mi boca. Quizá incluso, si hago la consignación bancaria, lo pueda tener en mi casa a más tardar el miércoles entre las 12 y las 3 de la tarde. Tanto ha pasado con la historia y el pasado, con lo que hemos sido, pero acaso esto que se alarga, algo más que un muñeco de torito triste, me diga, ¿Y qué? Deseo aún, mano y sombra de lo que se va a decir. Deseo de lo que está por decir. Pues bien, ¿y qué? Te he acorralado.Y lo que digo y lo que decía de mí cuando me dije, No veo mis piernas, era la no novela. Un no escrito, un no escrito por un no alguien. De nuevo: hay niebla, baja está la almohada esta noche. Viene la pena. Ya lo tengo resuelto, Importa poco el dolor de ahora porque siempre van a venir otros. Ahí está, Nada preparado. Importante el recuerdo… Sí, sí, lo recuerdo, y que me sea importante el que también siendo nosotros se haya metido bajo la ducha fría. Segundo café. Aunque me lo digan el tema no es vulgar. Prefiero la humedad, el óxido, y el ´úsela como último recurso´, prefiero la mano que se llena de humo y ceniza. Antes que estos modernos mecanismos con su alma de botón: con su pobre ritual de encender un fuego. Alto. Viene el asunto a) los fósforos se necesitan para que el gas pase con papeles la frontera, b) el gas atraiga a la llama, ¿o es al revés?, para que entre ambos manoseen el culo de ollas, sartenes, huevos fritos, etc. c) café. ¿Y los fósforos? Me pregunta el viejo, la vieja chatarra, que para este tiempo y época ya tiene voz y voto en el asunto. Eso mismo, ¿los fósforos?, me pregunto, con la sospecha confiadamente puesta en mi hombro. Los que me leen creerán que no es cierto que en mi barrio no existen los fósforos. No es cierto. Es cierto que tan pronto salga por ESA puerta, ¿la llegan a ver?, cuando salga por ESA puerta a comprar fósforos ya no volveré. No es posible seguir, seguir, seguir, y seguir. No he conocido al primero que haya vuelto. Hubo uno, de apellido Conejo, ¿se acuerdan?, que nunca volvió a casa y no eran fósforos lo que iba a comprar. Ya me entienden, ahí me tienen. Los fósforos no existen, porque ya nadie vuelve a su casa cuando va por ellos. Y el árbol sin espectador en la selva no existe. Y sin árbol no hay selva, y sin selva no respiramos. Me devuelvo por donde venía… y si no vuelvo no pondré el café, y si no lo pongo nunca va a estar. Y si no está, es como si yo no estuviera. Porque sin café es no levantarse por las mañanas. Y por las mañanas estoy en piyama. Y mi piyama es… no señora, sí, usted: usted bien sabe lo que es la piyama de este joven historiador. ¿El título del libro? Como no, señora, ¿o señorita?, ya se lo digo: ´Desde que amanece, estoy a bordo`. Pero es una obra inédita, lo que quiere decir, no publicada. Como cuando uno está en piyama. Pues bien, eso es no tomar café por las mañanas: que no me publiquen, porque estoy impublicable. No hay, no existe: tampoco he salido. La historia de mi vida, o como la historia de mi vida. Llegando en mal momento. Llegando muy temprano o demasiado tarde. Sorprendiendo a las personas con los pantalones en las manos.
Había una vez un pintor que cuando leía leía un hombre enroscado dormido a una mesa, y cuando dormía profundo soñaba con monstruos. El pintor se llamaba Goya, el durmiente razón. Pregunta: si los sueños de la razón dan monstruos, ¿qué dan los sueños de la sinrazón? ¿Qué daría la vigilia de la sinrazón si el durmiente no quisiera estar más dormido? ¿Qué es estar dormido? ¿Y quién no está nunca despierto?
Conjunciones -
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Estoy desarrollando un programita que el Colegio me pide para dictarlo en forma de taller todos los miércoles. No se me ha ocurrido otra cosa que llevar todo lo que me interesa, motiva, fascina, inquieta, de lo que siento curiosidad, a este espacio. Este es el documento que escribí para iniciar el taller. Buena Fortuna.
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«Buscaremos, pues, como si fuéramos a encontrar, pero nunca encontraremos sino teniendo que buscar siempre». San Agustín
Es este un borrador, una tentativa, y sirve como documento inicial del taller: inicial porque es una declaración de principios de parte mía. Es decir, del guía, no del profesor. Sólo con ese propósito hay que leerlo. Es un borrador que cada uno de ustedes puede cambiar, enriquecer.
Por alguna parte hay que empezar…
No creo que la escritura sea la realidad, se parezca a ella, la simule. No creo que la escritura sea la verdad: pero se le parece. De la forma en que viendo a través de la palabra un solo momento, aquel instante importante, empieza a ser recalcada como una de tantas maneras de ver la realidad. Sin embargo, la escritura, o el proceso mediante el cual elaboramos un ensayo, subvierte a la realidad misma: lo que nos queda es la realidad como una más entre otras posibilidades. Y no como la realidad, y sólo una realidad. La escritura tiene ese añadido: frente a ella cualquier objeto, cualquier posesión pierde su carácter de restricción. No hay realidad, como no hay razón restrictiva y unidimensional. Y es ese parecerse a la realidad, esa acción que hace cambiar a la realidad: lo que re-crea. Y es ese volver a hacer lo que nos interesa. Porque volver a ver, quiere decir volver a reunir, volver a juntar de otro modo. En una palabra: en relacionar. Con la música, con el arte, con la poesía, con lo que cada uno puede aportar desde el fondo mismo de lo que nos toca. Desde el fondo mismo en el que se nos va la vida. Es ese buscar lo que interesa en este taller: que consistirá en una exploración por los universos que habitualmente quedan fuera del registro de los medios. Un taller para saber contarlos. Un taller para poder desarrollarnos como cronistas de lo cotidiano, queriendo con el término de cronista romper con la rutina. Porque la rutina es terrible, porque la monotonía mata más que cualquier guerra.
Segundo punto: Todos somos noticia, aunque estemos lejos del poder.
El poder: se tiene para abusar de él: pero también se cuenta, se escribe con el fin de que cambie de manos. De que lo empleen otros. Porque finalmente es el poder, aquel que lo tiene, el que hace noticia y la hace describir a su acomodo. Los fuertes son los que hacen la historia: también la escriben. La hacen escribir. La pregunta sería: ¿de qué forma escribiendo dejaríamos de ser cómplices con el poder? Y no hablo únicamente del poder político. Hablo una vez más de la monotonía, de lo gris. ¿Cómo pintar al mundo, llenarlo de color?
Se pretende trabajar el color. Y es el tercer punto.
Aprender a ver distintos tipos de abordar las realidades que se encuentran por fuera del poder. De lo que nos dice lo que es la vida, de lo que nos dice es la única vía a seguir. ¿Cómo contar un color naranja, un color verde: uno violeta? ¿Cómo contarlo y transmitirlo a un público más amplio: y transmitir para persuadir. Para, una vez más, pintar al mundo. Cada participante desarrollará la descripción de uno de estos mundos. De estos colores: se abrirá la paleta para pintar un cuadro; para aprender a describir una realidad específica. Particular, específica, porque por algún lado hay que empezar. Uno de los puntos centrales sobre el que se quiere profundizar se centra en incluir la mirada subjetiva de quien escribe y de quienes protagonizan la historia que se cuenta. Por eso mismo el carácter personal de este propuesta. Emplear el pronombre propio es asumir responsabilidad: es ponerse en el centro del debate. Es ponerse de lleno: es rellenar con color al mundo. No me gustan las fórmulas de manual que nos dicen que el periodista, o aquel que ve las realidades que lo envuelven y circundan no debe sentir la información sino sólo transmitirla. Creo más en un proceso de comunicación, de compartir, de generar un espacio de diálogo con el público, y estoy convencido de que eso sólo se logra desde la honestidad y desde el desarrollo de escritos que
trabajan las sensaciones de las. De lo que está moda. De ahí mi insistencia de que nos olvidemos del mundo durante las horas que trabajemos en el taller.
De nuevo, y en breve:
lo que vemos y nos sorprende, lo que está donde no debería estar, las lógicas que están a nuestro alrededor sin que seamos del todo conscientes acerca de sus funcionamientos. Nos entusiasma sentarnos a escribir sobre nosotros y nuestro contexto, sin necesidad de pensar que noticia es lo excepcional, lo que le pasa a los otros. Todos somos noticia, porque somos parte de este mundo. Y todos somos posibles personajes ficcionales, personajes posibles para un ensayo, para una novela, para una crónica, porque cada uno genera acciones sobre los otros: como sobre sí mismos.Si la noticia periodística, si el ensayo, si todo aquello que escribimos respondiese únicamente a la tarea de informar, no tendría mayor interés. Es porque existe alguien detrás, pero también adelante, a los lados: es porque, pese a todo, seguimos siendo seres de carne y hueso, por lo que escribir es tan importante: es algo así como reunir lo mejor de nosotros para transmitirlo a alguien. Pero también lo malo…
La propuesta consiste en alentarlos a adentrarse en un modo singular de contar lo real que priorice tanto el acontecimiento como los contextos y las miradas del redactor. El equilibrio entre estos tonos, sumado a la apuesta por una escritura intensa, variada, polifónica, se convierten en laidentidad del taller que trabajará sobre temas que interesen, y que tampoco estén al alcance de la mano. Porque hace falta una buena labor de investigación. Y es intensa, porque no está mal, después de todo, tener la esperanza de cambiar al mundo. Lo siguiente sería: ¿qué es y qué clase de mundo es este?
A trabajar:
- Discutir este documento
- Luego: taller de fotografía. Lugares habitables e inhabitables.
- Cine-Foro: La Ola, Dir. Dennis Gansel
- Etc.
-
Forma parte de una ciencia abstrusa, que no por ser extraña, densa, ilegible, deja de ser conocida. De molestar la cabeza que se agacha en cada esquina del mundo.
*
A veces oía miles de voces, pues Dios habla en muchas lenguas, que me susurraban cosas mientras yo yacía allí tumbado, totalmente solo. Todas las sensaciones de miedo, furia y desesperanza que eran mi alimento diario, como el pan, me abandonaban, y me sentía poderosísimo. Poderosísimo.
Me dijeron… Él me dijo cosas que yo sé que eran de un orden especial. De mí al principio. De otros luego.
Estoy tentado a creer que Nick Cave no existe. La figura, tal vez de cera, tal vez de leche, tal vez de cuajo y en medio de la cara… La figura de Nick Cave no existe, no se ha incorporado en un espacio al que algún notario le habrá dado nombre de cuerpo, y nosotros diremos luego que nació en Australia, que suele aparecer en películas, y que canta baladas repletas de puyas bíblicas.
Lo que conocemos o se conoce como Nick Cave es la suma de las máscaras, de los rostros, también de los fantasmas, que hablando siempre habla cada vez con voz distinta. A mi parecer Nick Cave es de aquellos que no quieren ser encasillados; aquel que no quieren ser llamado músico, guionista, o novelista. Quizá deberíamos llamarlo «el escapista»: aquel que se encuentra abandonando el mundo para que en su retorno una vez nos preguntemos por lo que llamamos realidad: un señalamiento del dedo. Porque ¿qué es esa mano extendida que por una de sus extremidades señala algo que por mucho que nos esforcemos no lograremos alcanzar? Mundo: sí, claro. El ladrillo nuevamente: la primera piedra del edificio que nos tapa de todo, que nos protege siempre. Eso es lo que me ha gustado de «Y el Asno Vio al Ángel». ¿Qué es?… un momento.
Porque aquí, tras leer la novela, su novela: aquí lo que aparece es el recuerdo del nacimiento como algo imposible. Como un sueño descarnado, pero un sueño que siendo soñado por un solo soñante señala a otro: un sueño del soñado. Un sueño para el que viene, un sueño para el que no ha estado, pero cuyo historia, cuyo porvenir comprende y conoce completamente. Demos el siguiente paso: el recuerdo del nacimiento, como algo imposible.

En este momento tal expresión, tal retruécano para hablar de lo que viene y va, para aquello que no hace concordar el principio y con el final, el nacimiento, el nacer, es el grado íntimo de no estar, de no ser uno solo en el mundo. Muy sencillo: de estar rodeado, contaminado de las vidas y las muertes de muchos otros. Y es eso lo imposible: ese cansancio de ya haber muerto, de ya haber vivido otras vidas. Después, y después… y el nuevo nacer es el comentario de no morir y nacer del todo. El nacer es una media-tinta. Y quiero acentuar esta expresión, antes que decir simple y llanamente reencarnación. Porque aquí hay y existe algo distinto.
En cuanto al tiempo que estuve allí, enmudecido en la oscuridad del tabernáculo, es algo que no podría, en verdad, deciros, pero debe haber sido mucho tiempo, porque la imagen de su rostro comenzó a desvanecerse, a morir como una luna moribunda, hasta que apenas podría seguir viéndolo, y fue eso lo que finalmente quebró el hechizo, el agotamiento de las pilas de mi linterna. Eso, y la voz.
- ¿Acaso he retratado la santidad en lo humano, o quizá es que he mostrado que lo humano existe en la santidad?
Todo ello viene seguido y contribuye a un abandono del mundo de la siguiente forma: es la oscuridad la que me posibilita. Esta ignorancia me posibilita, abre mi futuro. El recuerdo de haber nacido es un recuerdo que en el momento de nacer se borra, aunque queda en forma de un no nacer, de una no venida: de un no volver a lo de siempre. Y sólo a mí, a este naciente que ya ha nacido: sólo a mí se debe que no me haya incorporado a mi propia vida hasta más tarde. Soy un llegado posterior a mi propio nacer reciente, y el ejercicio por el que me conozco, por el que afianzo mi confianza en la propiedad cognoscente que me hace conocer como yo mismo es un ejercicio posterior: mi no-recuerdo de mi nacimiento es mi característica existencial. Todo ello viene: también se podría decir de la siguiente forma: todo ello es encerrado por el conocimiento mediante un cuidadoso y ciertamente ágil ejercicio de encerrar al mundo en un mecanismo de espejos. Por lo que si uno se rompe, se parte, se astilla, existe el posible grado de una fisura: nos perdemos. Esta pérdida, y este perderse, me interesa. Me fascina.

Suena tan pesado, tan denso, tan lejano el propósito y el sentido de palabras claras.
Cada sujeto, cada quien, cualquiera, mira su propio venir sabiendo de antemano que la razón última de la caída en este mundo, en esta vida, sigue estando oscura. Oscura, se mire por donde se mire, se vaya donde se vaya: se camine, o se quede para siempre sentado. Así que este imposibilidad del nacimiento o, utilizando una forma contraria, está posibilidad de ir, de caminar, de avanzar, de «provenir» donde se pueda y se quiera, sabiendo de antemano que nada puede dar por sentado sigue siendo una tentativa sobre la negación y el acabar: justamente eso, del nacimiento. Y el extremo de la novela de Cave es la historia de un venir al mundo relatada como historia del Ser: del ser en general. Un ser radical, amorfo, oscuro, sangriento, maldito. En fin.
Papá soltó los ladrillos que tenía en las manos. Hicieron un ruido sordo y húmedo al chocar contra la tierra ensangrentada. Papá respiró, superficial y brevemente. Un gemido muy agudo se derramó de sus labios en una serie de estallidos cortos y extraños. En el puño derecho tenía una mata de pelo gris. Se quedó allí de pie, sin hacer nada, hasta que sus botas fueron dos islas a la deriva en un mar de vapor escarlata.
Hablo de Nick Cave como no siendo él mismo, como no siendo el que ha sido señalado desde el nacimiento: como aquél que ya no se pertenece a sí mismo. Pero en sus palabras, en el recuerdo, mejor, en el recuerdo de sus palabras, cuando el contenido vital de un Yo comienza a señalar a otras figuras dentro de una pequeña totalidad, y así sucesivamente… Cuando digo no está, cuando estoy tentado a creer que Nick Cave no existe, trato de apartarlo de su propio existir señalando lo que ha hecho. Para que Yo mismo, pero no éste, no andrés: para que cualquiera despierte: levante la cabeza en cualquier calle. Ya no esquina.
Es un marcado metafísico. Suena tan pesado, tan denso, tan lejano… Para terminar de una vez: leí la novela de Cave también por la simple curiosidad de saber qué pudo escribir. Y lo nuevo, mejor; lo renovado es el encontrar de nuevo el frágil límite que existe poesía, palabra, literatura y mística, mediante una jornada, mediante un tiempo lleno de venganza, salvación. Castigo.
Para seguir: Portnoy
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Me gusta recibir cartas o, en este caso, correos, porque cuando me las mandan, cuando llegan a la bandeja de entrada estoy seguro que no voy a estar de acuerdo con lo que allí se dice. Me gusta la contradicción, juego en ella, me gusta la ambigüedad: porque es una respuesta satisfactoria que puede dar inicio a una clase de efímeras devociones. (Estar completamente errado por un momento es algo digno de alabarse.) Basándome en el hecho personal, pero no dilucidado previamente, de que no deseo interpretar ni transformar el mundo, sino abandonarlo, me atengo a lo siguiente: cuanto todos dicen Sí, y están prestos a no dejar que ninguno de el paso, ofrezca su brazo y profiera un No: sin embargo alguien diga No. Todo es magnífico, salvo para mí. Todo esto aumenta mi cinismo, como bien se diría. Y aumenta mi cinismo del modo en que pudiendo decir Sí, empleo el No. Da gusto formar un brote en este mundo temblante, y que ese brotecito sea algo tan sencillo como un No, incluso un No sé; un tal vez.
No quiero cambiar ni intrepretar al mundo, sino abandonarlo, y aquí está lo que quiere decir: porque quiero hacer un mundo a imagen y semejanza mía. (Esta idea no está en modo alguno finalizada.)

No quiero un mundo terminado, concluido, en sumario, porque no es tan cierto, dejemoles así… no es tan cierto…. que sólo se puede obrar sobre el presente. Toda ciencia histórica, y a esto me voy a atener… toda ciencia histórica, llámese literatura, cine, música, y tantas otras surgen del propósito de abandonar el presente para obrar sobre el pasado. Incluso las que nos hablan de lo que está delante nuestro, los retratos de sociedad, de familia, no son otra cosa que un previa formación por parte del escritor referida hacia un detalle del presente: sin una previa elaboración, sin un previo conocimiento nunca se llegaría a entender lo que está pasando. Y es eso por lo que puede reiteradamente volver a escribir el mismo detalle del presente. Uno no obra simplemente sobre el presente sin previamente reelaborar el pasado. El presente es el modo de mirar, y el modo de configurar: el pasado es el material. Así que uno no puede olvidar en el presente si previamente no ha obrado sobre el pasado. Y por eso el adiós de ahora es una sucesión de adioses anteriores. Cada adiós presente requiere un convecimiento de parte de adioses anteriores. Te equivocas,
te equivocas cuando pides justamente eso: los adioses son casi eternos, porque hay que traducirlos al menos a veintisiete idiomas, y cada repetición de adiós debe persuadir al anterior para que se despida. Te equivocas:
nuestro pasado nos pertenece, podemos cambiarlo si queremos.
Entonces ese cambiar, entonces ese convencimiento de adioses: entonces todas esas cadenas de persuasiones nos lleva situarnos en la EDICIÓN que podemos tener sobre el mundo para hacer del presente algo sobre lo cual, en última instancia, se obra. Es como decir: el presente es el punto inextenso, un punto que no puedo ver porque estoy sobre él, y es por eso que debo ir hacia el pasado para cambiarlo. No,
nunca se obra sobre el presente. No se olvida sin haber ya olvidado. Pues ese olvido, esa clase de olvido requiere siempre un olvido superior que siendo convencido por un olvido anterior tratándose de diferenciarse de él aceche una última verdad. Y hablo de edición. (Ideas previas, o parecidas, había sido presentadas en la entrada Ya Casi Te Olvido.)
Es esta una nueva búsqueda vital de formas de la verdad que empieza una vez nos deshacemos de esas pesadas cargas: cargas humanas…
** *
El titulo de esta entrada se refiere no exclusivamente, porque no me gusta mucho la imagen del dedo que señala: se conecata de alguna forma con una hipotética sinopsis, o crítica de la película Be Kind Rewind de Michel Gondry. La cual, pese a Jack Black, pude ver. Y ciertamente a Black se la paso: por esta vez.
*

*
*
Uno; no, no es así. Así
no debe comenzar
No rezo para pedir
favores, no rezo
para pedir gracias.
Rezo para no sentirme
solo. Solo. Solo. Solo.
Rezo para interrumpir ese
divagar,
y esa ambigüedad
de mi Yo. Rezo, porque
cuanto más creo conocerme,
más cerca,
más hacia acá,
casi tocándolo: más cerca,
y hacia mí,
se encuentra el Cerco.
Rezo para no
sentirme solo, para
no estar más,
no estar en mi Yo
por largo tiempo.
Aunque a título de nota
previa, también a título
de nota posterior,
he de añadir que en
el largo tiempo de no
verme, de no disolverme
una vez más en mi Yo,
mi parte anterior no tendrá,
no volverá a tener sentido.
*
Cualquiera dispone,
cualquiera puede
proponerse la nueva
experiencia de dejar de
adquirir
nuevas informaciones,
nuevas pistas,
nuevos hallazgos de lo
que está adelante
y va quedando en el gota
a gota, en el día a día.
Cualquiera lo puede
hacer,
para abismarse
en labores de
archivos.
Sí,
confundir las olas,
el mar de pensamientos,
para llegar, para estar,
para quedarse quieto,
aguardando, pero sin
esperar nada. Perturbable
e imperturbable. A la vez.
Todo a la vez. Sí, que hoy
no sea nada lo que
mañana veré. Que no ocurra,
y deje de ocurrir. Eso,
digo yo, dice uno que
puede decir Yo
todavía es Memoria.
Pero también es Respiración:
también es Energía
que abre, también es Teoría,
por qué no, que
reorienta en los inicios.
De tal manera que se de, o
ni siquiera eso: de tal manera
que pueda ir para
poder ir a morir.
Pero no hacia adelante.
Es decir: quiero ir a una parte
a morir anteriormente.
Esa sería una clase,
y es lo que quiero, de lluvia
de diluvio universal que
cae para uno solo. Pero que,
no obstante, que no haya
uno que lo espere: ver caer
sin que existan los ojos,
y el perfume de una
espera. Eso es, así está
bien. Queda concluida
esta oración.
Gracias.
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A decir verdad, yo no estaba allí cuando ocurrió. Todo pasó, y todo quedo pasando por alto el hecho de que lo hubiera vivido. Ya está, ya pasó, y yo no estaba allí. Y por qué no: por qué no de nuevo. Sin que esté yo, que sea de noche, y que esté todo callado. No poder oír tampoco, tampoco saber que el silencio se encuentra tan cerca. Precisamente eso: dejar que el tiempo ruja y gruña sin que nadie, pero preciamente yo. Sin que nadie esté, y esté todo tan callado y que el mar del tiempo pueda continuar solo, lejano y tenue, hecho polvo por el estruendo del tiempo, y preciamente eso: que nadie esté, precisamento yo, para que lo haga suyo. Para que luego lo reclame. Y por qué no, por qué no dejar que de nuevo pase sin que el deseo de uno solo, y que precisamente sea yo, se acerque a reclamarlo. Me gustaría pensarlo así: que precisamente el tiempo, tan callado, y de noche, piense que no hay nadie: que no habrá ninguno esperando su llegada. Y que por eso se presente. Sea uno más, uno desapasionado, y todo nuevo de recuerdos. Y no a punto de ser desterrado, y no a punto de llegarse a la punta de la lengua para saber a exilio. Y todo nuevo, precisamente eso: esa terapia y el deseo, ambos, que llegan para quien no está. Para quien aún no lo ha probado. Y que sea yo: uno nuevo, y de dientes y boca pequeña. Este solo, andrés.
Eso sería la Juventud.
Ahora me gustaría tener una ventana, y no un fantasma. (Por qué no)
Y al final me encontré en medio de la llovizna del día moribundo, con los limpiabisas en pleno funcionamiento, pero incapaces de apartar mis lágrimas.
Lolita, Vlaimir Nabokov, Segunda parte, 29.
Antes yo no sabía, pero quiero seguir sin saberlo. Antes yo no sabía, pero realmente prefiero seguir en ese hueco que me brinda la ignorancia de no saberlo. Porque no quiero que mi cuerpo aguante hasta saberlo, no quiero que mi cuerpo resista tanto hasta que la posibilidad, la posibilidad completa de seguir siempre hasta adelante me haga saber: saber que es necesario que el cuerpo aguante. Prefiero evadirme, prefiero quedarme atrás. No quiero seguir día tras día hasta que el cuerpo no aguante. Porque no soy mi cuerpo, no soy simplemente boca, no soy ojos, no soy dueño de mi cuerpo. Soy un arrendatario de mi cuerpo. La imagen me sirve para dar un paso más, para traer otra imagen: la que se desprende de ese libro intenso, atroz, herido, de cuerpo constantemente en movimiento. Lolita.

Yo no lo quiero, no quiero amar, ni que me amen de esa forma.No quiero la ternura constante, no quiero la evocación constante de mi amada. O de mí mismo como amado. Porque quiero también el desamparo que me trae cuando no lo puedo todo y necesito ayuda: pero ayuda no amorosa: comprensiva. Quiero la herida, quiero la búsqueda que me deja el amor, la necesidad, y una como lujuria que no tiene reposo. Pero no quiero la invasión, no quiero tomar y que me tomen siempre por fuerza. Quiero la conquista, pero también la rendición. Prefiero el amor que martilla la realidad, mi realidad, que desarma, para volver a armar. No quiero de nuevo el amor que me es espejo, y contento me sumo a los que se zambullen en él hasta que la alberca se desocupa: el agua se seque y no de para más. Quiero martillar al mundo con amor, pero que ese amor cambie lo que de cambio hay en el reposo. Lo que de reposo hay cuando otro fantasma más no viene a reencarnarse. Quiero querer, amar, como se dice, pero hasta cuando el cuerpo que sigue adelante no soporte más y me convierta en un monstruo. Prefiero el mudo gemido, mudo, o más bien silencioso: lo que de silencio hay en un susurro.Continuo. Prefiero el mudo gemido de la ternura, así me sea más difícil verla en alrededores, y que yo mismo esté lejos de esa afirmación de mudo gemido. Prefiero… como para decir que no es esto es lo que me gusta, pero continuo por esta tendencia. Importante la tendencia, antes que el objeto que cierra, que obstruye y que concluye el camino
Cada vez me gustan más las máscaras: porque me mantiene despierto, porque me hacen simular como monstruo. Cada vez me gusta más el silencio: porque me vuelven cínico. (Sobre el cinismo deberé volver una vez más.)
Ahora hay esta palabra: desde allí te pienso. Ahora esta cara, ¿o diré rostro?, que me vio por primera vez, y que luego convertiré en cielo. Elijo un detalle para significar el conjunto, elijo un detalle para obrar sobre el tiempo. Y luego la interrogación de un rostro convertido en cielo se dirige a él, rostro al rostro, rostro al cielo… se dirige a él para buscar una expresión: el rostro del día que apenas empieza, el horóscopo de la jornada que por ser leída es como si ya terminara. Una nube, los cirros que bajan de la montaña. Una nube no es una música que se deje elegir a primera vista. Porque es un conjunto con el día, hace conjunto con el día, se conjunta con él para que el rostro que alza la mirada para interrogar pueda leer, elija un conjunto. No un número. Y no un número, porque alzando el rostro interrogante el humor de la vida misma cambia de rostro. ¡Te ha cambiado la cara de pronto! Por eso disgusta ver un objeto tal cual es, una nube siendo nube. Curioso que llamemos nube a algo que anunciado por el metereólogo, por un adivino, por el escribidor de horóscopos, abriendo la ventana, fijándose en el azul, fijándose al levantar el anuncio de la nube ya levantada. Curioso que digamos nube a algo capaz de darnos una expresión, un anuncio, como el nuncio del primer rostro que nos vio. Nuestra madre. Disgusta ver un objeto tal cual es; se deforma, se simplifica. ¿Qué es un rostro: qué es ese rostro que se levanta a interrogar a otro rostro para saber de su día? A secas: del día. Disgusta ver… porque este parte informativo no tiene evidencia alucinante: pues quien no alza la cabeza al levantarse, como cuando nació, y busca en lo alto las impresiones, oleadas, y expresiones que se anuncian. Y esa música, de esa nube se deduce: esa nube me huele a paisaje, me huele a hierba. Me huele a futuro, me huele a contraventana que empujo para mirar lo que viene, lo que se acerca a oler mis manos unidas por el pavor: o de manos arriba de la cabeza, que ha sido un llamado de la nube que avanza para abrir, para soltar mis manos. Me huele, porque cada nota, cada nube es un signo que promueve las alusiones, la mayoría de las veces para divagar, para ver simplemente. Miro, alzo mi cara: una canción llena, repleta, halagadora, ciertamente, y tan erizada de comparaciones, aproximaciones y de refinamientos ante la que quedo maravillado.
Y este encanto, viendo la cara, el rostro del otro, y que esa cara, ese rostro que se vuelve cielo se produce por equilibrio y armonía. El dique ya se ha roto, y toda el agua comienza a inundar el valle… mañana, mañana, mañana.
¡Feliz año nuevo para todos!