Nadie es normal. La gente normal no existe: no hay gente normal. La gente normal no existe, porque si se diera cuenta de lo que pasa dejarían de ser personas. La normalidad, eso no existe. Nadie es normal, porque lo normal no existe. Si hubiera algo que se llamara normalidad, y por tal razón la gente fuese normal, lo normal no dejaría a nadie vivir, dar un paso más. Porque lo normal es no dar un paso más en la oscuridad. No es normal: no es normal vivir sin sueños. O tenerlos y no ir tras ellos. Y en este mundo tan homogéneo, tan él mismo, lo normal no existe. La gente normal no existe. Yo no existo, yo no existo, o deje de existir cuando fui normal. Y una vez me di cuenta, una vez se terminó la normalidad, deje de existir. ¿Sabes lo que es perder eso? ¿Sabes lo que es perder algo que te hace y te forma a ti mismo? ¿Sabes lo que es dejar de existir cuando alguna vez exististe? Yo ahora, ahora que lo pienso ni siquiera me supo a despedida. Nunca se dijo, nunca dije adiós. No se me dio la oportunidad, y no se me dio la oportunidad porque todo fue fácil. Tan de vernos al otro día, a la misma hora. En el mismo lugar. ¡Mierda! Debería uno a aprender a decir esos adioses. Para que no venga algún idiota a decir lo que se sabe, aquello de ¿y ahora para qué decirlo? Porque no deja de doler, o de mover, o de molestar: o de seguir esperando. De decir…. esta es la última vez que te vi. ¡Mierda! Debería ser posible la edición: quitar, poner, volver a poner, retrasar los actos que uno suele llamar importantes. Esta fue la última vez. O esta es la úlima vez que me vi en ojos de otro. ¿Sabes lo que es perder en unos segundos a ti y a mi en ti? Si te tienen no te dejan ir. Si te tienen ojos que te miran de ese modo, no te dejan ir. Porque los ojos que miran así miran todo lo otro como siendo tú mismo. Tú misma.
Si te tienen no te dejan ir. Los ojos. Si te tienes en frente tuyo no te dejes ir. Es lo que me digo, o lo que debería decirme siempre. Para dejar de ser, para no ser homogéneo; en cambio normal.
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