Archivado en: don sesto, escribir, quejidos y sueños, sesto dice no | Etiquetas: don sesto, escribir, quejidos y sueños, sesto dice no
Me gusta recibir cartas o, en este caso, correos, porque cuando me las mandan, cuando llegan a la bandeja de entrada estoy seguro que no voy a estar de acuerdo con lo que allí se dice. Me gusta la contradicción, juego en ella, me gusta la ambigüedad: porque es una respuesta satisfactoria que puede dar inicio a una clase de efímeras devociones. (Estar completamente errado por un momento es algo digno de alabarse.) Basándome en el hecho personal, pero no dilucidado previamente, de que no deseo interpretar ni transformar el mundo, sino abandonarlo, me atengo a lo siguiente: cuanto todos dicen Sí, y están prestos a no dejar que ninguno de el paso, ofrezca su brazo y profiera un No: sin embargo alguien diga No. Todo es magnífico, salvo para mí. Todo esto aumenta mi cinismo, como bien se diría. Y aumenta mi cinismo del modo en que pudiendo decir Sí, empleo el No. Da gusto formar un brote en este mundo temblante, y que ese brotecito sea algo tan sencillo como un No, incluso un No sé; un tal vez.
No quiero cambiar ni intrepretar al mundo, sino abandonarlo, y aquí está lo que quiere decir: porque quiero hacer un mundo a imagen y semejanza mía. (Esta idea no está en modo alguno finalizada.)

No quiero un mundo terminado, concluido, en sumario, porque no es tan cierto, dejemoles así… no es tan cierto…. que sólo se puede obrar sobre el presente. Toda ciencia histórica, y a esto me voy a atener… toda ciencia histórica, llámese literatura, cine, música, y tantas otras surgen del propósito de abandonar el presente para obrar sobre el pasado. Incluso las que nos hablan de lo que está delante nuestro, los retratos de sociedad, de familia, no son otra cosa que un previa formación por parte del escritor referida hacia un detalle del presente: sin una previa elaboración, sin un previo conocimiento nunca se llegaría a entender lo que está pasando. Y es eso por lo que puede reiteradamente volver a escribir el mismo detalle del presente. Uno no obra simplemente sobre el presente sin previamente reelaborar el pasado. El presente es el modo de mirar, y el modo de configurar: el pasado es el material. Así que uno no puede olvidar en el presente si previamente no ha obrado sobre el pasado. Y por eso el adiós de ahora es una sucesión de adioses anteriores. Cada adiós presente requiere un convecimiento de parte de adioses anteriores. Te equivocas,
te equivocas cuando pides justamente eso: los adioses son casi eternos, porque hay que traducirlos al menos a veintisiete idiomas, y cada repetición de adiós debe persuadir al anterior para que se despida. Te equivocas:
nuestro pasado nos pertenece, podemos cambiarlo si queremos.
Entonces ese cambiar, entonces ese convencimiento de adioses: entonces todas esas cadenas de persuasiones nos lleva situarnos en la EDICIÓN que podemos tener sobre el mundo para hacer del presente algo sobre lo cual, en última instancia, se obra. Es como decir: el presente es el punto inextenso, un punto que no puedo ver porque estoy sobre él, y es por eso que debo ir hacia el pasado para cambiarlo. No,
nunca se obra sobre el presente. No se olvida sin haber ya olvidado. Pues ese olvido, esa clase de olvido requiere siempre un olvido superior que siendo convencido por un olvido anterior tratándose de diferenciarse de él aceche una última verdad. Y hablo de edición. (Ideas previas, o parecidas, había sido presentadas en la entrada Ya Casi Te Olvido.)
Es esta una nueva búsqueda vital de formas de la verdad que empieza una vez nos deshacemos de esas pesadas cargas: cargas humanas…
** *
El titulo de esta entrada se refiere no exclusivamente, porque no me gusta mucho la imagen del dedo que señala: se conecata de alguna forma con una hipotética sinopsis, o crítica de la película Be Kind Rewind de Michel Gondry. La cual, pese a Jack Black, pude ver. Y ciertamente a Black se la paso: por esta vez.
*

*
*
Uno; no, no es así. Así
no debe comenzar
No rezo para pedir
favores, no rezo
para pedir gracias.
Rezo para no sentirme
solo. Solo. Solo. Solo.
Rezo para interrumpir ese
divagar,
y esa ambigüedad
de mi Yo. Rezo, porque
cuanto más creo conocerme,
más cerca,
más hacia acá,
casi tocándolo: más cerca,
y hacia mí,
se encuentra el Cerco.
Rezo para no
sentirme solo, para
no estar más,
no estar en mi Yo
por largo tiempo.
Aunque a título de nota
previa, también a título
de nota posterior,
he de añadir que en
el largo tiempo de no
verme, de no disolverme
una vez más en mi Yo,
mi parte anterior no tendrá,
no volverá a tener sentido.
*
Cualquiera dispone,
cualquiera puede
proponerse la nueva
experiencia de dejar de
adquirir
nuevas informaciones,
nuevas pistas,
nuevos hallazgos de lo
que está adelante
y va quedando en el gota
a gota, en el día a día.
Cualquiera lo puede
hacer,
para abismarse
en labores de
archivos.
Sí,
confundir las olas,
el mar de pensamientos,
para llegar, para estar,
para quedarse quieto,
aguardando, pero sin
esperar nada. Perturbable
e imperturbable. A la vez.
Todo a la vez. Sí, que hoy
no sea nada lo que
mañana veré. Que no ocurra,
y deje de ocurrir. Eso,
digo yo, dice uno que
puede decir Yo
todavía es Memoria.
Pero también es Respiración:
también es Energía
que abre, también es Teoría,
por qué no, que
reorienta en los inicios.
De tal manera que se de, o
ni siquiera eso: de tal manera
que pueda ir para
poder ir a morir.
Pero no hacia adelante.
Es decir: quiero ir a una parte
a morir anteriormente.
Esa sería una clase,
y es lo que quiero, de lluvia
de diluvio universal que
cae para uno solo. Pero que,
no obstante, que no haya
uno que lo espere: ver caer
sin que existan los ojos,
y el perfume de una
espera. Eso es, así está
bien. Queda concluida
esta oración.
Gracias.
Archivado en: don sesto, episodios, quejidos y sueños | Etiquetas: don sesto, episodios, quejidos y sueños
A decir verdad, yo no estaba allí cuando ocurrió. Todo pasó, y todo quedo pasando por alto el hecho de que lo hubiera vivido. Ya está, ya pasó, y yo no estaba allí. Y por qué no: por qué no de nuevo. Sin que esté yo, que sea de noche, y que esté todo callado. No poder oír tampoco, tampoco saber que el silencio se encuentra tan cerca. Precisamente eso: dejar que el tiempo ruja y gruña sin que nadie, pero preciamente yo. Sin que nadie esté, y esté todo tan callado y que el mar del tiempo pueda continuar solo, lejano y tenue, hecho polvo por el estruendo del tiempo, y preciamente eso: que nadie esté, precisamento yo, para que lo haga suyo. Para que luego lo reclame. Y por qué no, por qué no dejar que de nuevo pase sin que el deseo de uno solo, y que precisamente sea yo, se acerque a reclamarlo. Me gustaría pensarlo así: que precisamente el tiempo, tan callado, y de noche, piense que no hay nadie: que no habrá ninguno esperando su llegada. Y que por eso se presente. Sea uno más, uno desapasionado, y todo nuevo de recuerdos. Y no a punto de ser desterrado, y no a punto de llegarse a la punta de la lengua para saber a exilio. Y todo nuevo, precisamente eso: esa terapia y el deseo, ambos, que llegan para quien no está. Para quien aún no lo ha probado. Y que sea yo: uno nuevo, y de dientes y boca pequeña. Este solo, andrés.
Eso sería la Juventud.
Ahora me gustaría tener una ventana, y no un fantasma. (Por qué no)
Y al final me encontré en medio de la llovizna del día moribundo, con los limpiabisas en pleno funcionamiento, pero incapaces de apartar mis lágrimas.
Lolita, Vlaimir Nabokov, Segunda parte, 29.
Antes yo no sabía, pero quiero seguir sin saberlo. Antes yo no sabía, pero realmente prefiero seguir en ese hueco que me brinda la ignorancia de no saberlo. Porque no quiero que mi cuerpo aguante hasta saberlo, no quiero que mi cuerpo resista tanto hasta que la posibilidad, la posibilidad completa de seguir siempre hasta adelante me haga saber: saber que es necesario que el cuerpo aguante. Prefiero evadirme, prefiero quedarme atrás. No quiero seguir día tras día hasta que el cuerpo no aguante. Porque no soy mi cuerpo, no soy simplemente boca, no soy ojos, no soy dueño de mi cuerpo. Soy un arrendatario de mi cuerpo. La imagen me sirve para dar un paso más, para traer otra imagen: la que se desprende de ese libro intenso, atroz, herido, de cuerpo constantemente en movimiento. Lolita.

Yo no lo quiero, no quiero amar, ni que me amen de esa forma.No quiero la ternura constante, no quiero la evocación constante de mi amada. O de mí mismo como amado. Porque quiero también el desamparo que me trae cuando no lo puedo todo y necesito ayuda: pero ayuda no amorosa: comprensiva. Quiero la herida, quiero la búsqueda que me deja el amor, la necesidad, y una como lujuria que no tiene reposo. Pero no quiero la invasión, no quiero tomar y que me tomen siempre por fuerza. Quiero la conquista, pero también la rendición. Prefiero el amor que martilla la realidad, mi realidad, que desarma, para volver a armar. No quiero de nuevo el amor que me es espejo, y contento me sumo a los que se zambullen en él hasta que la alberca se desocupa: el agua se seque y no de para más. Quiero martillar al mundo con amor, pero que ese amor cambie lo que de cambio hay en el reposo. Lo que de reposo hay cuando otro fantasma más no viene a reencarnarse. Quiero querer, amar, como se dice, pero hasta cuando el cuerpo que sigue adelante no soporte más y me convierta en un monstruo. Prefiero el mudo gemido, mudo, o más bien silencioso: lo que de silencio hay en un susurro.Continuo. Prefiero el mudo gemido de la ternura, así me sea más difícil verla en alrededores, y que yo mismo esté lejos de esa afirmación de mudo gemido. Prefiero… como para decir que no es esto es lo que me gusta, pero continuo por esta tendencia. Importante la tendencia, antes que el objeto que cierra, que obstruye y que concluye el camino
Cada vez me gustan más las máscaras: porque me mantiene despierto, porque me hacen simular como monstruo. Cada vez me gusta más el silencio: porque me vuelven cínico. (Sobre el cinismo deberé volver una vez más.)