…por ahora una conciencia cómica (segunda parte)

Aún no sé si exista una manera en que a un desesperado se le pueda mostrar lo estúpido de su manera de ser triste y achantado. Basta que esa tarea se le dejemos a Dios, eso suena bien.
Estimado desgraciado: no quiero desmentir tu desgracia: solo quiero decirte que si tienes planeado matarte el día miércoles, dejemos el café para el martes.
Por lo pronto: a mí me gusta salirle al toro.

– ¿Qué miro?
– Nada
– el que nada no se ahoga.
– Vale, diantre. Y el que no mira no sale al mar.
– Buena respuesta
– Gracias, me viene ahora eh
– ¿y el resto? ¿termina en algo?
– Lo podemos ir a discutir.
– Cuándo.
– Después de ahora
– Eso. Porque antes no nos conocíamos.

NUnca antes le he confesado a mujer alguna que uno de los deberes, mejor dicho, de los supuestos deberes masculinos según lo que yo digo ser hombre, ser man, un macho, como lo quieran llamar, es la coquetería. Como estoy hablando de esa tarde, en que estuve pensando dónde coño estaba la fresa salvaje, tengo que adecuar el mandamiento al ambiente. Empieza de esta forma.

¡Siguiente escritor!, así nos lo sueltan en la fila. Como ninguno de nosotros sabe a lo que se refiere, seguimos pastando y mascando charla como vacas. Siguiente escritor, sigue el estribillo. El primero pasa: aquél de la mecha larga, ínfimo amigo del dueño de la fábrica de zapatos. Éste me dice que hasta hoy puede traer los papeles, cuánto retraso, pienso, porque justamente anoche le llevaron el computador que había sacado a crédito. De hecho haciendo uso de una billetera nueva, cuántas te apunto me dice el cafre, me muestra una foto en donde se ve feliz junto al tiesto de marca inverosímil.
– este mes me ha ido bien.
– todo por vivir en la Hacienda la Flor, me imagino.
– no, por jugador: me apellidan charrasqueado.
– que qué
– ….
– ¿algo tiene que ver los zapatos que lleva puestos?

Antes de que me pueda adelantar algo más, su amigo se para como un mili, y dice lo que había oido decir, ¡siguiente escritor!, solo que ha puesto la mejor cara de idiota. Esto deber ser paradoja, todo el énfasis en ´mejor cara de idiota´. Y nada más adelantar unos pasos, para enseguida sentarse y empezarle a la coquetería con la que recibe los papeles. Este es de los nuestros, pienso, es imposible no sentirse conmovido por un espectáculo así. Hermanito, le escupo. Y con cara de cómplice le dice a la señorita: yo soy el desviejadero.
Aquí es cuando veo cuanta razón he tenido al mirar el otro lado del tan popular desfacedor de entuertos.
– me presento señorita: mi nombre es el dicharachero.
– teléfono, y nombre cmpleto. Y oficio, por favor.
– ofrezco compañía en el uso, y abuso que puedo ofrecer a las señoritas de bien: y en términos de minería… desvalidas.
– jaja, yo no soy señorita: y se lo puedo demostrar.
– caray, muchísimas gracias. ¿Me agarra de parejo?
– ¿me cuidas bien, chiquitico?
– en mí eso solo es el tapete de bienvenido: que lo de adentrico es más bien grande, y nudoso.
– ¿Y no apresuras en nada el retorno?
– te lo puedo comprobar una vez termines…
– yo encantada…

Y ahora estoy aquí esperándolo para que me siga diciendo.

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