Great Vengeance & Furious Fire

Lo sórdido: la voz arrancada a pistola de la garganta. La voz ante el micrófono como una grosería. El olor fuerte: la caverna de la voz. Blues sórdido. Y todo por un accidente. Hoy sábado he bajado por el negro café. Como estoy cambiando mis ritos de mañana me estoy levantando dos horas antes de lo acostumbrado. Eso hace que esté más listo al sueño, al insomnio, y dejo que la mano juegue con las sombras. Pues aún no amanece. Quinto café. Y como siempre que bajo a calentarlo pongo el radio para que me acompañe y me sugiera el dial azaroso los temas, escucho una voz cavernosa con olor y sabor a tom waits. No lo puedo creer. Por fotuna mi inglés también se ha levantado, porque lo que suena, lo que por fortuna, y para malestar de mi optimismo está sonando, es la emisión en vivo de la BBC.

Había olvidado lo rico y nutritivo que es la melancolía y el mal humor. Había olvidado la parte oscura y que cada cinco minutos me pide un derrumbamiento general. Lo que está sonando aún en mi espíritu, y sobre mi sangre es, propiamente, heavy music. Parad las máquinas, detened las prensas: quiero que me ayuden a encontrar el punto en que jimi hendrix, curtis mayfield, waits, iggy pop, amy widehoues, se unen para sacar un directo de la banda The Heavy. El disco, un golpe: Great Vengeance & Furious Fire. Joder. Blues sórdido. Esto, según mi torpe opinión, suena como un Led Zeppelin versión 400. (Por si se le quiere hincar el diente: aquí).

Bruk Pocket Lament

Dignity

Una música así merece un fragmento de ascensor de almacén largo, productivo, y asqueroso.

—¿Cuánto me he retrasado, señor Ferris?
—Diez minutos. Ahora sígame.
Fui tras él.
Vi a todo un grupo esperando.
Cuatro hombres y tres mujeres. Todos eran viejos y parecían tener problemas de salivación. Pequeñas manchas de baba se habían formado en las comisuras de sus bocas, la baba se había secado volviéndose blanca y pastosa para luego ser cubierta por otra nueva capa. Algunos de ellos eran demasiado delgados, otros demasiado gordos. Algunos eran miopes y otros temblaban. Un viejo con una camisa de colores chillones tenía una joroba en su espalda. Todos sonreían y tosían mientras daban chupaditas a sus cigarrillos.
Entonces me di cuenta de cuál era el mensaje.
Mears-Starbuck buscaba empleados estables. La compañía no se preocupaba en rotar la plantilla (aunque esos nuevos reclutas obviamente no iban a ir a otra parte que no fuera el cementerio, hasta entonces habrían de ser empleados agradecidos y leales). Y a mí me habían escogido para que continuara con ellos. La señorita de la oficina de empleo me había valorado como si perteneciera a ese patético grupo de perdedores.
¿Qué pensarían mis ex-compañeros de instituto si me vieran? A mí, uno de los chicos más duros de los que se graduaron.
Me acerqué y me planté con mi grupo. Ferris se sentó en una mesa dándonos la cara. Un chorro de luz caía sobre él desde un travesaño situado encima de su cabeza. Inhaló el humo de su cigarrillo y nos sonrió.
—Bienvenidos a Mears-Starbuck…
Parecía que iba a hacer una reverencia. Quizás se acordaba de cuando comenzó a trabajar con los grandes almacenes treinta y cinco años atrás. Hizo unos cuantos anillos de humo y observó cómo ascendían en el aire. Su oreja medio rebanada parecía impresionante iluminada desde arriba. (…)

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