el pasado

A decir verdad, yo no estaba allí cuando ocurrió. Todo pasó, y todo quedo pasando por alto el hecho de que lo hubiera vivido. Ya está, ya pasó, y yo no estaba allí. Y por qué no: por qué no de nuevo. Sin que esté yo, que sea de noche, y que esté todo callado. No poder oír tampoco, tampoco saber que el silencio se encuentra tan cerca. Precisamente eso: dejar que el tiempo ruja y gruña sin que nadie, pero preciamente yo. Sin que nadie esté, y esté todo tan callado y que el mar del tiempo pueda continuar solo, lejano y tenue, hecho polvo por el estruendo del tiempo, y preciamente eso: que nadie esté, precisamento yo, para que lo haga suyo. Para que luego lo reclame. Y por qué no, por qué no dejar que de nuevo pase sin que el deseo de uno solo, y que precisamente sea yo, se acerque a reclamarlo. Me gustaría pensarlo así: que precisamente el tiempo, tan callado, y de noche, piense que no hay nadie: que no habrá ninguno esperando su llegada. Y que por eso se presente. Sea uno más, uno desapasionado, y todo nuevo de recuerdos. Y no a punto de ser desterrado, y no a punto de llegarse a la punta de la lengua para saber a exilio. Y todo nuevo, precisamente eso: esa terapia y el deseo, ambos, que llegan para quien no está. Para quien aún no lo ha probado. Y que sea yo: uno nuevo, y de dientes y boca pequeña. Este solo, andrés.
Eso sería la Juventud.

Ahora me gustaría tener una ventana, y no un fantasma. (Por qué no)

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