Botón

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Botón

¿Eres Botón para quién?, pensaba Botón.

 

clavo es un dedo
clavo es un dedo
clavo es un dedo
clavo es un lobo

 

a
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Imagina, cierra los ojos, imagina un ruido.
(imagina)
Imagina un cuarto y una puerta.
(imagina)
Imagina un ruido enorme golpeando la puerta.
(imagina)
Imagina que nadie esté ahí para ayudarte.

 

: eso es que no haya ternura.
: eso es estar solo y entrar en un sueño.

 

Botón quería soñar y estar solo y pensar que estaba solo.
Botón quería ser valiente.

 

«Permítanme, empezaba, permítanme pasear las manos,
para que este niño, cualquiera y siempre,
vuelva a crecer. Y se guste a sí mismo.»

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Cuando no juega Mi Selección

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La historia hablará de un país que más allá de los signos visibles de su independencia nunca pudo reconocer en sus ciudadanos la mayoría de edad. Nos hacemos mayores cuando nos alejamos del mundo de nuestros padres. Somos menores en la libertad que ganaron nuestros padres, en la que fuimos engendrados y que nos hizo nacer. Amor y odio están ello mezclados pero al final lo que cuenta es el trabajo sobre nosotros mismos*. Las expresiones que suelen usar para describir trabajo parecido se reducen a una sola: hacer alma. Lo que en muchos casos actúa como una cortina de humo porque el término alma es problemático, como problemático es el mercado que ha utilizado al alma para ganar dinero. Pero si lo que queremos es ser independientes como colombianos, o al menos yo sí lo quiero ser, debemos hacer uso del alma y de lo que implica el término alma siendo libres como mayores de edad.

Hacer alma se encuentra relacionado íntimamente con las preguntas que nos hacemos, con lo que pensamos todo el día.

Que seamos o no seamos libres, al final no es el caso, cuanto el proceso de preguntarse nuevamente qué significa vivir sin sujeciones hoy en día. U honrando una tradición arraigada en el espíritu humano: ¿qué significa ser rebelde? Lo importante aquí no es el uso de la razón, cuanto la creación de un mundo que permita y auspicie nuestra rebeldía. Tal proceso, que advierto se obstina a la lógica, se caracteriza por el movimiento de entrada y vuelta a la adolescencia: las paradojas debidamente puestas. Propio de la adolescencia es la búsqueda y el movimiento, el horizonte de sentido, y es como si por crecer se nos tuviese que olvidar el uso que hacíamos de las preguntas. No es crecer únicamente en una dirección; es expandir nuestra edad. Y cada edad se encuentra acompañada de preguntas, algunas de ellas son las que siempre nos hemos solido hacer.

¿Qué fue lo que como colombianos nos indicó el camino de nuestra minoría de edad?

Como menores los colombianos seguimos buscando una respuesta que nos permita reconocernos como habitantes de un territorio. ¿Qué clase de respuestas queremos los colombianos? Aquellas que nos diga que todo está bien, que seguimos siendo jóvenes en la esperanza de jamás llegar a ser responsables. Vivimos como si no hubiera mañana, y aunque el tiempo se divide en la realidad de los sucesivos presentes, es este en el que estamos el definitivo.

Menor de edad es el que vive como si no hubiera mañana: como el chofer del bus de servicio público que humea el ambiente sin pensar en el tiempo futuro en que deban vivir sus hijos y los hijos de sus hijos. Menor de edad es el que vive la nada entre dos mundos ubicando su tiempo en la potencia e intensidad del instante presente: no va a pasar nada. Es la actitud que tomamos cada vez que asumimos que haciendo lo que hacemos «no va a pasar nada». «Eso hágale que no va a pasar nada». Los límites de la legalidad terminan rompiéndose, lo legal se asume a la corriente que dice que no va a pasar nada. Pero sí, sí pasa, y aunque no pase nada, sí debería pasar. Ladrón, corrupto, asesino, violador lo es incluso cuando nadie lo ve.

Inevitable es el pasado, va frente a nosotros, y en nuestra corriente de no va a pasar nada, terminamos olvidando el error que cometimos, la falencia que en un nuevo ejercicio de la vida podría ser corregido. Errores que para el tejido humano son altamente costosos, incluso en el caso de que nunca los lleguemos a ver: la vida que dejamos apagar, la última palabra que pudimos escuchar. Así lo queremos, lo hemos querido, y cuando queremos, cuando esperamos una respuesta, lo común es mirar a otro no a nosotros mismos. ¿Para qué hacerlo?, ciertamente, así hemos nacido y nos han engendrado como menores, para ser obedientes, para hacer caso. Sin embargo, obedecer tampoco es que haya sido nuestra condición, al lado de la obediencia se encuentra la queja, el lamento, papá gobierno, papá estado, papá religión debe salvarnos de nosotros mismos, así como ser autoinmunes a la queja. El resultado es que se nos ha dejado de escuchar, u olvidamos el viejo arte de hacernos escuchar. De ahí la casi esterilidad de las marchas, de las protestas, de las imágenes, es más, como en un mandato bíblico propia de nuestra identidad, vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

Nada nos salva de nosotros mismos, ni nos debería salvar, porque quien lo ha querido hacer lo hemos terminado matando, eliminando, odiando, o puesto como negocio. Además, quien se haga cargo de nosotros debe asegurarnos no ser menor de edad en el sentido que ha quedado expuesto. Y no, no es el caso.

Propongo otra manera de vivir, y de extender la edad, al menos hasta el momento en que seamos mayores: el futuro está abierto y nos pertenece. Frente a la minoría de edad que pretende vivir como si no hubiera mañana, propongo una edad para quien el porvenir le es suyo. Y como porvenir inscribe el mal sufrido en el pasado en la memoria colectiva, sólo para que exista la posibilidad de un nuevo porvenir. O como dicen las abuelas y madres: para no tropezar dos veces con la misma piedra.

Esta manera de entender la edad, extendiéndola, permitiría la revisión de lo vivido, la experimentación, incluso, de lo que necesita ser vivido. Así como hay personas con sed, no son todas las personas posibles: hay otras que se ahogan. Y hay incluso otras que en la abundancia no saben que hay personas con sed**.

Ejemplo: la firma de un acuerdo no es otra cosa que un presupuesto para lograr algo, no el resultado mismo. El primer menor de edad esperaría que hubiese un cambio inmediato en su realidad inmediata. Y si no llegase a suceder así seguiría viviendo con la total convicción de que no va a pasar nada. ¿Para qué haberse incomodado? Este menor de edad es el que nos ha explicado como colombianos.

La segunda manera de entender la minoría de edad sabe que una vez firmado el acuerdo de paz, por ejemplo, se debe llegar a la implementación de lo acordado, que no es otra cosa que la revisión de las causas que llevaron al nacimiento del conflicto armado. Causas que, por cierto, perviven. Ello permitiría, entre otras cosas, la revisión, dentro de nuestra mentalidad, del hecho de equiparar la lucha social y por los derechos humanos con enemigos militares***.

Deberíamos permitir la edad que quiere volver a vivir, la que quiere un futuro abierto, dejarla decidir si realmente necesitamos preocuparnos por la seguridad nacional, o más bien debemos aprender a ser los mejores amigos de nosotros mismos. A disfrutar de nuestra compañía. Si debemos permitirnos tener las mejores ideas justamente porque se nos ha perdido la cabeza que las pensaba por nosotros. Si debemos dejar de ajustarnos a las reglas, ideas, prejuicios y opiniones que alimentan nuestra comodidad, y debemos empezar a jugar, a crear, a equivocarnos. Si deberemos tener la audacia, al menos en la imaginación, de permitir un tiempo no parecido al ya vivido. Si el porvenir ha de ser nuestro, necesitamos incomodarnos. Producir desde lo nuevo para que el pasado no se haga con nuestro presente. Hacer alma.

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*Qué sea padre y qué sea hijo es un proceso propio de la mayoría de edad.

**Es este un tema que necesita ser estudiado: ¿qué significa la experimentación de lo que necesita ser vivido?

***Entiendo que tal mentalidad nace en la segunda posguerra mundial y se llama seguridad nacional.