… esto del messenger.

Se dice que uno pierde su identidad y puede ser cualquiera en este cuadrito que la madre tecnología nos dio. Que nadie se cohibe, y va soltando cosas que de frente nunca se dirían. Opino lo contrario: lo que me cohibe es ver una PANTALLa y no a la PERSONa. Está bien: te conozco, me conoces. Me haces compañía.
Pero a veces quisiera sentir tu debilidad: me gustaría ver la cara que estás haciendo cuando digo algo. Sé que existen cámaras, y todo el rollo futbolístico. ¿Pero y dónde está la gracia de ver si no se puede tocar?
¿Cómo hacer un silencio por el messenger?: es imposible. No solo es no poner palabra tras palabra. No es eso: un silencio también se hace. Los espacios, los silencios todos sabemos lo necesarios que son en charlas animadas. Se dejan caer las palabras: se saborea y se paladea el efecto de algo gracioso. Etc.
Y peor aún cuando yo mismo quiero ver de OTRa forma: cuando quiero darme a conocer.

Está claro que no sirve que yo esté intentando echar un cable, un HOLa digamos, y que al otro lado… pero qué demonios pasa al otro lado. Nos falta el lector del pensamiento en el chat: uno mide, sopesa, por una mirada, por la manera de sonreir.. pero en esto. Vaya: es imposible.
Se supone que uno desea ser otro, y que EN esto se consigue. Pero a mi no me gusta: prefiero alzar la mano, así la camiseta esté rota, y es más; prefiero que me distingas por llevarla rota, y no por aquello que ves de mi en un cuadrito. Es muy fácil hacer trampa, y equivocarse. En cambio el pedazo de tela que lleve hoy que te hablo… queda en la memoria poética.

Quiero terminar de este modo,

poco después de que se apagara la luz del chat… no así, no; de pronto así: cuando estoy desconectado y te veo en línea siento que puede iniciar una nueva charla. Confudiendo, y volviéndonos cada vez más locos. Pero a veces de tanto despojar, de tanto pasar revista a tus motivos y a los míos, nos hemos ido despojando de todo valor a los ojos del otro: ¿y qué se consigue? Pasarla bien, y acompañar al otro. Pero no es suficiente.

A veces mi cuerpo, mi cuerpo que te quiere, o mi cuerpo que te busca, o mi cuerpo que simplemente te sabe amigo tuyo, de tu cuerpo, de ese cuerpo en la otra línea, también al frente: mi cuerpo a veces no resiste y quisiera hacer lo más común, lo de siempre: respirar y andar. Mi cuerpo ya no resiste mucho y a veces solo él quisiera abrazarte.
Y como yo soy también mi cuerpo, a veces lo que quiero es un abrazo: y sanseacabó. No quiero ni palabras, ni emoticones. Quiero tibieza, y ni siquiera la última tibieza. Porque es pensarlo un poco para saber que existen mucha clases de tibieza… tal vez la tercera, digamos, la tibieza del abrazo, la tibieza de la cercanía: la tibieza como un fuerza natural más. (A veces te quisiera abrazar tanto para que te quedaras callada, y me hicieras callar. Algo así…)
Y entonces yo dejaria de hacer estas simples declaraciones, que son algo así como exposiciones para hacer mover las cosas, para provocar una erupción, o un derrumbe, y abrazada al lado mío te podrá decir como una musiquilla a tu oído: di que me extrañas, di que me quieres saludar… di que me piensas, y me has querido escribir empezando con la palabra más tonta: hola, me has hecho falta. Porque yo sé q asi sea más poquito, en una tacita más pequeña, yo te hago falta.

E incluso ahora que esto queda escrito, que queda en el aire para ser leído por cualquiera: pierde su vigor, su sabor de palabra cuando detrás de ella hay un hombre. No sé: creo que hay cosas que deben leerse en voz alta. Creo que solo se llegan a entender de tal modo.

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un par de solteronas… casadas

M. conoce a dos tías, de esas de bigote y mochila azul, que estando casadas se comportan como solteronas.
La gracia es que por cosas de la vida ambas se terminaron conociendo. Cosas de la vida: malas noticias.
M. se incomoda un poquitín porque su grande boca les ha dado entender que en el trío puede existir algo así como una charla metafísica, y muy trascendental. (Los dientes sin enjuague son lo peor: hay que saber callar, M.)
El problema que menos le interesa a M. es que haya sexo, y cogidita de la mano.
NO; su lío, y por aquí viene la pregunta, es que M. ha pensado siempre que puede ser amigo de todo el mundo. (Un vacán, y todas esas chorradas).
Podría no ser malo eso de entrarle a todo al que se conoce, y desarmarlo con una sinceridad diabólica. Lo malo es que a M. le gusta no aburrirse con la pesadez de la gente: que anda que nada hay escrito como para amargarse de entrada. (O para tener un punto de vista desde el comienzo, y hasta el final).

A M. le encantan que la manzana de Eva hubiera estado podrida: pero es que desde ahí todo se vuelve una broma… cruel.
A M. le encanta afirmar esto: el pensamiento solo sirve para incrementar la sonrisa ORIGINARIA. (No se imagina si en vez de la manzana, el plato hubiese sido una sopa de menudencias).
A las solteronas de M. no parece importales este asunto de ser más ligero, y un triz sutil. A las solteronas de M. todo parece importarles, y les choca si de entrada no escuchan la última palabra. Amén.
Y así solo las conozcas hace quince minutos, se sienten con el derecho de conocer todo el intríngulis de tu vida.
Datos como el primer pajazo, o la primera comilona de mocos, son cosas que encantan a las solteronas. (M. no tendrá jamás derecho a decir otra cosa de lo que ellas piensan es lo sano).
Cosas como el dolor, la depre, etc, son credo solteril. ¡Y nada de limpiarse el culo con más de un dedo….!

SErás juzgado, es el lema de las solteronas de M.

M. sabe que puede ser que vengan tiempos más duros: por eso él sabe que lo de ahora está bien, y se le da muy bien esto de comportarse como un niñaco irresponsable. En general todo le parece que está bien, pues desde siempre ha estado embarrado, y comido.
M. se pregunta por el tamaño del mordisco de Eva, y de Adán… luego se mide su polla, y al hallar placer, se le da por amar a todo el mundo.
M. puede ser que esté loco; pero no parece haber gracia alguna en estar muy cuerdo. Eso se le deja a la OEA, ONU, RTU, THU, NHATAK…

Desde hace algunos días M. se está quedando sordo: hace como que no escucha.

no soy calculador

entre lo descachalandrado y lo imprudente que soy, no hay espacio para decir que soy un hombre calculador.
Por primera vez puedo decir que tengo una virtud. Pues si algo se me nota es la poca verguenza que tengo para dar a entender que no tengo ni la más mínima idea de lo que va a pasar: lo hago de puro corazón. Puede ser que esté haciendo lo más idiota del mundo, (casi siempre, oiga). Pero si siento que se debe hacer: pues le meto la ficha.
Soy una persona simple, vulgar, que quiere llegar a la humildad.

¡Vaya!, una virtud entre toda esa basura que a veces se vuelve mi vida.
Puede ser que se deba al poco cuidado con el que salgo a la calle con el pelo como lleve el diablo… y eso que ando de cepille, voy a una peluquería rimbombante, y más o menos me comporto como si fuera la reinita de un premio menor. (Digamos REina de la Vaca que Más caga)

Así que ni siquiera puede ser mérito mío: todo se lo debo al pelo desordenado.

… un hombre lleno de tinta

Creo que existe un punto el que nada más por el simple (¿simple, realmente?) hecho de ser lector, se toman medidas, se miden las formas, se sopesan palabras, se bebe de fuentes de poema, se alegra con las cartas escondidas. En fin… hablo de aquella premura por volver a leer.
He aquí el libro, el hecho de tenerlo en la mano, la carga de tinta, la carga de papel: el título exacto.
Y puede que en nuestra mano, en los surcos, en las venas, en la mano blanqueada exista un mecanismo que se salta por el simple hecho de hojear, de ojear un libro, de ansiarlo.
Cuando eso pasa, cuando la mano se extiende, cuando los ojos no solo corren, caminan, también bailan por el texto, he sentido lo que no debería ser literatura; mejor, lo que no esperaría leer.
Supuestos:
– no me gusta aquella fórmula de que todo debe ser digerible, entendible. Amo lo oracular.
– y por lo mismo, no me creo aquello de la ¨dictadura del lector¨
– admito una dimensión inmanente del texto: el texto es un universo
– leer es habitar los universos que el autor ha recorrido: ese camino sigue en uno mismo. Se toma, y se continúa.

Empiezo… lo que no me es camino a seguir.

La novela ordenada, exacta como una calle: la novela urbana, y de urbanismos. La novela llena de explicaciones, la novela llena de flechas a seguir, de instrucciones, de cartas para marcar; la novela de cuadrículas y planos de topógrafo; la novela donde se ponen los nombres; la novela que espera controlar la realidad, la novela llena de esquinas, semáforos, cebras, alcaldías: la novela que tiene un dibujo final; la novelas con una salida del laberinto, las novelas que deberían ser como la vida: pero que no son caos, que no son incertidumbre; la novela con protagonistas; la novela donde se conoce el sitio al que vamos; la novela, la traición, el olor soso de la vida; la novela que no gusta de lo insípido; la novela que no es como un tango, que no es como un bolero, que no es como Cigala y Bebo cantando Obsesión; la novela que no es pagana como la misma vida: la novela casquivana…
La novela no es nada de lo que nos hemos imaginado que debería ser.
La novela que no es frágil y no es la simple cosa; la novela que no es mi nacimiento; la novela que es ciudad acotada; la novela del consejo; la novela que entiende nuestros estúpidos problemas; la novela que no es como un dolor de alma; la novela que narra, la novela que no levanta polvo; la novela que no deja reguero; la novela que no es aburrida. La novela que hace no quererla.

… pues como dice alguno por ahí: qué saben de la vida los que no han sufrido, los que nunca han sentido una pena de amor…