Cuando no juega Mi Selección

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La historia hablará de un país que más allá de los signos visibles de su independencia nunca pudo reconocer en sus ciudadanos la mayoría de edad. Nos hacemos mayores cuando nos alejamos del mundo de nuestros padres. Somos menores en la libertad que ganaron nuestros padres, en la que fuimos engendrados y que nos hizo nacer. Amor y odio están ello mezclados pero al final lo que cuenta es el trabajo sobre nosotros mismos*. Las expresiones que suelen usar para describir trabajo parecido se reducen a una sola: hacer alma. Lo que en muchos casos actúa como una cortina de humo porque el término alma es problemático, como problemático es el mercado que ha utilizado al alma para ganar dinero. Pero si lo que queremos es ser independientes como colombianos, o al menos yo sí lo quiero ser, debemos hacer uso del alma y de lo que implica el término alma siendo libres como mayores de edad.

Hacer alma se encuentra relacionado íntimamente con las preguntas que nos hacemos, con lo que pensamos todo el día.

Que seamos o no seamos libres, al final no es el caso, cuanto el proceso de preguntarse nuevamente qué significa vivir sin sujeciones hoy en día. U honrando una tradición arraigada en el espíritu humano: ¿qué significa ser rebelde? Lo importante aquí no es el uso de la razón, cuanto la creación de un mundo que permita y auspicie nuestra rebeldía. Tal proceso, que advierto se obstina a la lógica, se caracteriza por el movimiento de entrada y vuelta a la adolescencia: las paradojas debidamente puestas. Propio de la adolescencia es la búsqueda y el movimiento, el horizonte de sentido, y es como si por crecer se nos tuviese que olvidar el uso que hacíamos de las preguntas. No es crecer únicamente en una dirección; es expandir nuestra edad. Y cada edad se encuentra acompañada de preguntas, algunas de ellas son las que siempre nos hemos solido hacer.

¿Qué fue lo que como colombianos nos indicó el camino de nuestra minoría de edad?

Como menores los colombianos seguimos buscando una respuesta que nos permita reconocernos como habitantes de un territorio. ¿Qué clase de respuestas queremos los colombianos? Aquellas que nos diga que todo está bien, que seguimos siendo jóvenes en la esperanza de jamás llegar a ser responsables. Vivimos como si no hubiera mañana, y aunque el tiempo se divide en la realidad de los sucesivos presentes, es este en el que estamos el definitivo.

Menor de edad es el que vive como si no hubiera mañana: como el chofer del bus de servicio público que humea el ambiente sin pensar en el tiempo futuro en que deban vivir sus hijos y los hijos de sus hijos. Menor de edad es el que vive la nada entre dos mundos ubicando su tiempo en la potencia e intensidad del instante presente: no va a pasar nada. Es la actitud que tomamos cada vez que asumimos que haciendo lo que hacemos «no va a pasar nada». «Eso hágale que no va a pasar nada». Los límites de la legalidad terminan rompiéndose, lo legal se asume a la corriente que dice que no va a pasar nada. Pero sí, sí pasa, y aunque no pase nada, sí debería pasar. Ladrón, corrupto, asesino, violador lo es incluso cuando nadie lo ve.

Inevitable es el pasado, va frente a nosotros, y en nuestra corriente de no va a pasar nada, terminamos olvidando el error que cometimos, la falencia que en un nuevo ejercicio de la vida podría ser corregido. Errores que para el tejido humano son altamente costosos, incluso en el caso de que nunca los lleguemos a ver: la vida que dejamos apagar, la última palabra que pudimos escuchar. Así lo queremos, lo hemos querido, y cuando queremos, cuando esperamos una respuesta, lo común es mirar a otro no a nosotros mismos. ¿Para qué hacerlo?, ciertamente, así hemos nacido y nos han engendrado como menores, para ser obedientes, para hacer caso. Sin embargo, obedecer tampoco es que haya sido nuestra condición, al lado de la obediencia se encuentra la queja, el lamento, papá gobierno, papá estado, papá religión debe salvarnos de nosotros mismos, así como ser autoinmunes a la queja. El resultado es que se nos ha dejado de escuchar, u olvidamos el viejo arte de hacernos escuchar. De ahí la casi esterilidad de las marchas, de las protestas, de las imágenes, es más, como en un mandato bíblico propia de nuestra identidad, vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.

Nada nos salva de nosotros mismos, ni nos debería salvar, porque quien lo ha querido hacer lo hemos terminado matando, eliminando, odiando, o puesto como negocio. Además, quien se haga cargo de nosotros debe asegurarnos no ser menor de edad en el sentido que ha quedado expuesto. Y no, no es el caso.

Propongo otra manera de vivir, y de extender la edad, al menos hasta el momento en que seamos mayores: el futuro está abierto y nos pertenece. Frente a la minoría de edad que pretende vivir como si no hubiera mañana, propongo una edad para quien el porvenir le es suyo. Y como porvenir inscribe el mal sufrido en el pasado en la memoria colectiva, sólo para que exista la posibilidad de un nuevo porvenir. O como dicen las abuelas y madres: para no tropezar dos veces con la misma piedra.

Esta manera de entender la edad, extendiéndola, permitiría la revisión de lo vivido, la experimentación, incluso, de lo que necesita ser vivido. Así como hay personas con sed, no son todas las personas posibles: hay otras que se ahogan. Y hay incluso otras que en la abundancia no saben que hay personas con sed**.

Ejemplo: la firma de un acuerdo no es otra cosa que un presupuesto para lograr algo, no el resultado mismo. El primer menor de edad esperaría que hubiese un cambio inmediato en su realidad inmediata. Y si no llegase a suceder así seguiría viviendo con la total convicción de que no va a pasar nada. ¿Para qué haberse incomodado? Este menor de edad es el que nos ha explicado como colombianos.

La segunda manera de entender la minoría de edad sabe que una vez firmado el acuerdo de paz, por ejemplo, se debe llegar a la implementación de lo acordado, que no es otra cosa que la revisión de las causas que llevaron al nacimiento del conflicto armado. Causas que, por cierto, perviven. Ello permitiría, entre otras cosas, la revisión, dentro de nuestra mentalidad, del hecho de equiparar la lucha social y por los derechos humanos con enemigos militares***.

Deberíamos permitir la edad que quiere volver a vivir, la que quiere un futuro abierto, dejarla decidir si realmente necesitamos preocuparnos por la seguridad nacional, o más bien debemos aprender a ser los mejores amigos de nosotros mismos. A disfrutar de nuestra compañía. Si debemos permitirnos tener las mejores ideas justamente porque se nos ha perdido la cabeza que las pensaba por nosotros. Si debemos dejar de ajustarnos a las reglas, ideas, prejuicios y opiniones que alimentan nuestra comodidad, y debemos empezar a jugar, a crear, a equivocarnos. Si deberemos tener la audacia, al menos en la imaginación, de permitir un tiempo no parecido al ya vivido. Si el porvenir ha de ser nuestro, necesitamos incomodarnos. Producir desde lo nuevo para que el pasado no se haga con nuestro presente. Hacer alma.

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*Qué sea padre y qué sea hijo es un proceso propio de la mayoría de edad.

**Es este un tema que necesita ser estudiado: ¿qué significa la experimentación de lo que necesita ser vivido?

***Entiendo que tal mentalidad nace en la segunda posguerra mundial y se llama seguridad nacional.

Las historias son un pretexto

Lo interesante del ejercicio consiste en sostenerlo a lo largo de un período de tiempo. Llegar a la rutina llamada rutina de ejercicio. Al ser rutinario, persiguiendo una y otra vez el sostenimiento de una rutina, me ubico por fuera de la rutina que se hace aburrimiento, que se enfrasca en horarios. Y entonces me veo generando un espacio que me saca del tiempo, un camino distinto al conteo de horas y de minutos, de las gotas que vacían cualquier punto de referencia que quiera dejar para asegurarme que no estoy desperdiciando mi propio tiempo.

Queda el ejercicio, la doctrina de las repeticiones. Tiempo y continuidad. Entonces digámoslo: cuando escribo, o llevo un diario, busco un albergue en la escritura.

(Lo otro que llamo escritura, lo otro que llevo llamando escritura sin saber hacia qué, sin saber cómo. Lo otro que no es mero ejercicio sino quizás algo que por momentos tiene la chispa del abandono de la rutina llamada ejercicio. Eso otro de lo que, quizás, depende el ejercicio.)

Curioso que sea el ejercicio sostenido lo que lleve a la mano que escribe a estar por fuera del tiempo. Porque algo has hecho, porque has añadido un nuevo paso. Porque la rutina sostenida me sostiene. Me crea un mundo. Porque se sale del mundo porque entrega continuidad. Porque haciéndose continuo me comunica con algo, incluso en el caso de que sea yo ese algo. Por sostener un hábito, por hacerse de una rutina. Por escribir diariamente, por llegar a una meta y a un objetivo, que suspenden en cada movimiento rutinario su línea de llegada para empezar de nuevo. Es en ese círculo en donde comienzo a salvarme, donde comienzo a entender, donde la comprensión llega de la mano de algo que al principio hace huir por aburrimiento, por pereza o falta de concentración.

Esta mano que escribe sale del tiempo para hacerse con los tiempos. No me queda claro, se me oscurece el motivo de la mano escribiendo, o ya tecleando, ¿escribe desde el mundo?, ¿escribe para salir del mundo y quedarse en un momento de plena escritura? Escribo para seguir escribiendo, escribo para salir y volver al mundo. La escritura es mi puerta de regreso. La mano se mueve como un temblor, se mueve como cielo que cambia en la palma de la mano: dice ella dolores del corazón, dice ella alegrías bien rojas son. Sabe la mano que la escritura es camino de ida y de retorno. Sabe la mano que el cansancio acumulado entre palabras de escritura es su propio camino de extravío: un descanso gigante que conduce al retorno.

Escribo porque me resisto a vivir por entero en el mundo: vuelvo a él porque me resisto a ocultarme en los pretextos que crecen como historias. Vuelvo al mundo para salir de él. Mi búsqueda de resistencias es un pretexto para conservarme en movimiento. Y por eso escribo para sostener esta frase ya recurrente: me parece bien que haya que buscar.

Las historias son un pretexto entre búsquedas.

afuera está el miedo

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Y me pregunto en qué momento termina un texto de ser corregido. Me pregunto en qué momento voy a terminar lo que alguna vez he escrito. Lo fácil es seguir haciéndolo hasta que se piense que está listo: lo cierto es que un texto jamás termina de ser corregido. Un texto se abandona. Se abandona a su suerte. Se deja sin más. Y entonces por más de que lo sepa sigo y sigo y sigo y sigo corrigiendo y editando lo que he escrito. Sigo con el sentimiento de no poder dejar atrás mis textos. De abandonarlos a su suerte. ¿Puedo ser padre para mis textos si no les dejo la puerta abierta? ¿O es que se necesita ser un padre de cada texto que escribo? Ya no lo creo. Pero entonces en qué momento, me repito, debo dejar a un texto irse. En el momento en que se me ha vuelto empalagoso su cuidado. Que se me ha vuelto pesada y casi inútil la rutina de poner una coma para enseguida quitarla. (Y volverla a poner en una ulterior revisión.)

afuera

Recuerdo que no estuve solo. Recordaré que no he estado solo. Salvo, miento: hablo, hablo. Como acontece a toda palabra. Como lo es para toda palabra capaz de comenzar.

Hablo, yo hablo. Veo en duda con pensamiento. Pensar que abre la boca para recordarse: recuerdo bajo un cielo que llamo cielo. Pongo en duda, y me es sueño la calma recomenzada. Y me es sueño, yo sueño, la morosidad de mi deseo. Hablo, hablaré.  Quietud masiva. Un tiempo, tiempo guarda todavía, empieza a cavar su ruido. Como un túnel hacia mí: como un naufragio que pone a prueba lo recibido.

Recordaré que no he estado solo. Estrecho el afuera, estrecho mío, calma mía envolvente: punto mío para envolver. Mirar para suprimir las causas, mirar para este cuerpo no cerrado. Interior, no me acostumbro. Interior sin costumbre: prenda y censura que ha dejado de tener un vigor tranquilo.

Afuera mío, afuera dejado: afuera no conocido. Tal vez hoy sea tu primer día público. Estrecho es afuera, y la nada ha pulido sus flancos. Ya está todo hecho, ya estuvo todo hecho, ya se ha hecho todo, no queda para ser creado. ¿A qué viene todo esto? Estrecho también el tiempo, hoy es tu cumpleaños. Estrecha la medida que no tiene la gracia de equivocarse. Recuerdo, he sido recordado. Ahora me recuerdan: ¿quién?, ¿qué?

Narrador no injuries.

Ahora recuerdo, recuerdo que algo por decir queda. Escucha mi mensaje: cansado de los poemas, cansado de los libros, cansado de las ciudades, de los perros y sus collares, cansado de los hombres, cansado de la humanidad, cansado de las palabras que se repiten, de los poetas sin poesía, de los libros y sus deposiciones. Muerte, deseo la muerte, deseo la muerte de todos. Pero deseo la muerte cuando todo es magnífico, sin que uno solo diga, pida la palabra, cuente la palabra, tase la palabra. Que ese uno solo diga: me pasa lo que me pasa, cuento lo que diré, diré lo que nunca ha sido contado. Que ese uno solo diga, ¡salvo para mí!

Botón

Los versos más tristes, los versos más rencorosos, sobre nuestras mesas los versos, los versos y su amargor, los versos y su queja, pero los versos expuestos en antros, los versos sin pasado, sin cadena.

Ya no oculto, puntúo mis tumbas, mis tumbas cuando lo quiera, con la existencia de un lenguaje que me sea fiel, con la sustancia de una labiada que consuma sus fuegos, sus ramas, sus techos parpadeantes de soles. Y con la vieja reserva, templo de la nada. Con el reservante patio de fiestas, ¡cambio del alma! Versos, versos para la nada, versos en los que no se dice nada.

¿Qué hubo constante que no llegué a comprender? ¿Qué agua niña, límite de mí mismo, que no hice serenar sobre mi teja? ¿Y qué tesoro sin moneda sembró entre los hombres, lo que de ahora en adelante, soberano, sereno desdén, pronto cae en deslíe? Edificios sin adoquines. Templos y palomas que ocupan las calles: sacrificios, mil destellos que ocupan lo que interrumpe. Un suspiro, afuera un suspiro. Afuera, propiamente dicho. Como cuando en las orillas del mundo veo, frágil veo, lo que el reiterar de la luz, sombra luz sombra sombra sombra luz luz, ofrece a mi abandono. Pulular y brillo de angustia: angustia que reposa en mi silencio de afuera.

Abro la boca. Temo, tiemblo: entre bocas temblando tiemblo. Temiendo, tiemblo, temblando. Tiempo: no una palabra sobre la altura, no una palabra, sino una palabra distinta, ya acostumbrada a lo que pueda callarse en las mudanzas. Yo mismo, para mí mismo, cambiado y expuesto, en mí mismo, sostenido. Y acto seguido la muerte, el sacrificio: no miro nada. Permanezco ciego. Miré con ojos de ella: más de cien ojos en el vacío. Ojos entre el vacío y la plenitud del vacío. Me hice ella. Más allá del sueño, y en noche. He preparado una visión de mí mismo. No era nada, me he preparado: para cuando muera y no me vea. ¿Quién me asustó tanto? Mitad cotidiano, mitad en anonimato. (Tiemblo, tiemblo, tiemblo, tiemblo, tiemblo, tiemblo: temo.) Aquello está entre ambos: entre lo que soy y ese otro mí.

Estrecho el afuera, visible lo invisible, exento de patria. Lenguaje sobre el afuera, lenguaje de nadie. De todo fuera. Fin y postura de fin: cada riguroso insecto, cada quilla de un rayo de sol. Me vestí a son de arena, luz de arena, cruda arena incesante. O me desvestí, mitad arena sumida, mitad recuerdo: hundiéndome en mi recuerdo. La arena: tomo y tomé un baño. Mitad cuerpo taciturno. Tomé y tomo, fuentes del poema, mitad hombre de manos desnudas, mitad corazón, todavía, como la huella justa a mi alcance. ¿De qué huella? ¿De qué espacio? ¿Y tierra, y lenguaje, y murmullo ahuellado? Hay punto, el misterio exhibe sus pisos.

¿Y quién fue el monstruo que dijo que el poema sólo habla de la muerte? Muero porque quiero vivir.

Deseo de ser nube

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Hay un niño en esta historia: y soy yo. Para llegar a esta conclusión la historia debe inventar primero un pretexto: el de una búsqueda. Y ello porque hoy los pretextos crecen como hierba entre dedos descalzos.

Empiezo. Quedan, pues, advertidos.

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Alguna vez fui niño. Fui más joven de lo que soy ahora. (No, no es así, me confundo: ha de ser la edad cuando queda sólo la edad para razonar. Debería decir que cierta vez fui niño. Debería decir Era niño.)

Escribo que fui niño en el momento en que leo lo que acabo de escribir. Escribo buscando un pretexto para seguir buscando. (Enredado, eso espero. Enredado como ha quedado la hierba entre mis dedos.)

No es solamente ser niño por decir soy niño. No es precisamente el hecho de ser joven lo que me hacer niño. Es el hecho de poder encontrarme con el niño que fui, que soy, cada vez que recuerdo que no es de niños actuar como niños: que lo más común es ver a los adultos actuando como niños.

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Alguna vez seré adulto. Seré más viejo de lo que soy ahora. Creeré saber algo: lo real es que la edad que tenga será mi argumento.  Creeré que ser adulto es el paso que necesitaba para ser y conseguir lo que he querido siempre. Puede que sea así: pero es como si en la niñez hubiera sabido mejor lo que quería ser y lo que quería conseguir. Y entonces es como si ninguno de los puntos pudiera encajar. Lo que quiero ser puedo conseguirlo quizás  en un punto en que al parecer he olvidado lo que quería ser.

Así que algunas veces me doy el gusto de no saber hacia qué voy y para qué. Todo eso que solía llamar juego.

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No es que crezca y me convierta en adulto por el resto de mi vida. Soy todo a la vez: niño y adulto, hombre y mujer. Mi brazo izquierdo y todo aquello que lo ha formado. No puedo dejar de ser niño, a menos de que deje de ser lo que me ha formado. ¿Qué sería jugar a ser tierra? ¿Qué sería jugar a ser lo que uno es y ha sido: mujer, agua, luz, madre, padre, estrellas? Puede decirse de otra manera: alguna vez volveré  a vivir como si fuese la primera vez.

Bamos Vien

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Escribir: ¿qué es escribir? ¿Quién puede escribir? Quién puede que dependa de un qué. Así que me permito decir que  todos.

Escribe quien quiera escribir.

Todos y todas escribimos.

Pueda que no se escriba porque insistentemente se dice lo que es escribir, sobre cómo se debe escribir. Olvidando o dejando de lado el deseo que me hace escribir.

Quiero escribir. Necesito escribir.

Pero puede que mi deseo, puede que mi necesidad necesite ayuda para superar lo que se supone todo el mundo es escribir: correctamente.

Voy a suponer que la escritura escribe lo que dice la vida escribir.

Lo que dice la vida de quien vive quiere escribir.

Entonces me pregunto: ¿hay acaso una sola manera de escribir? ¿Hay acaso una sola manera correcta de vivir? ¿No existen acaso varias vidas metidas en ocasiones en una sola persona?

Varias escrituras para varias vidas.

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Personalmente ofrezco en mis clases, aunque para ello debería suponer que soy profesor olvidando tal vez que sigo siendo alumno, cientos de maneras de escribir para que sean ellos y ellas los que decidan cómo escribir: luego sí se habla de maneras correctas de escribir.

Primero el deseo o bien la necesidad: luego sí lo que se supone siempre ha estado al principio.

De allí el título del periódico.

Puede que lo primero siempre haya quedado a lo último, puede que necesitemos hablar de lo que necesitamos y luego sí lo que los demás dicen que necesitamos y queremos.

Primero la vida, nuestras vidas: luego sí las reglas.

Primero el deseo, la necesidad, la vida que digo mía por estar viviendo.

En este periódico se ha intentado introducir una diversidad de medios de expresión que permita a los lectores y lectoras explorar lo que sea aquello de la libertad, de la individualidad, de la comunidad y la convivencia, de la alegría, de la creatividad y no simplemente de la palabra como palabra seguida de puntos, comas y tildes.

No desde lo que pienso debe ser el mundo: desde lo que es el mundo por vivirlo.

Para que luego, en un intento, ir ganando poco a poco ese espacio que para y en los demás afirmo como mis pensamientos.

Sobre el presente

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Patria es lo que hacemos en la infancia. Lo que vayamos a hacer más adelante es una repetición de lo que hicimos cuando fuimos niños. Si hablo en nombre propio es porque quiero ahora ser los demás: quiero que lo que me hace hombre hable a través de mí porque cada átomo que me hace ha hecho a todo lo demás. Lo que me ha hecho hizo y es el universo entero. Y creo yo que lo que hagamos a la humanidad es lo que hacemos con nuestros niños. ¿Qué hemos estado haciendo con ellos y ellas para que sea necesario nombrar un día reconociendo algo que debería ser obvio? Día del niño, día de la mujer, día del hombre, día del agua, día de la paz. Y así sucesivamente. Lo que pido y quiero hoy es que sea natural lo que es natural: que nos amemos los unos a otros, que cumplamos lo que en público decimos de amarnos los unos a los otros. Creo en la alegría, creo en la importancia de compartir y estar para el otro. Creo en las palabras, como creo en el amor que se vuelve vida y pide la vida. Pero ahora: también se hace vuelo. Vuela grulla.

¿Qué haremos con los que han dejado de ser niños? Es aquí, quizás, donde las ideas, la poesía, las palabras y los actos de quienes son el presente, no el futuro de la humanidad, deben nacer y empezar a mostrarse.

Ahora habla presente: ¿qué tienes para ser dicho?

tenías razón

En la fiel repetición de los mismos errores se encuentra la redención a través de la consecución de un estilo individual. Purgatorio.

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Poesía. Agua. Residuo. Creer. Amor. Pérdida. Escucha: espera. Mira.
Ahora mira.

Así eran las vidas, el residuo de otras vidas. Escucha.
Ahora escucha.

Tenías razón, puedes creerlo. La tenías: y ahora esto. Estas cosas, esto que ha quedado. El recuerdo, o los recuerdos: quiero decir. O quiero decirte, quiero decir. Se acaba. Y ahora hay esto, que es lo otro, definitivamente. Digo que es esto, pero para ti es lo otro. Voy a creerlo.

Empieza. Ahora empieza.
Si me convirtiera en pájaro.
Si yo fuera, si fuera.
Si fuera árbol.
Si caminara.
Si dijera, si hablara. Si pudiera oír.

¿Lugar? ¿Fecha? Yo no sé nada de eso.
No sé nada. Yo, nada.
Yo no sé si debo extrañarte pero lo hago.
Te extraño.
Yo no sé si debo llamarte pero lo hago.
No lo hago.
Yo no sé, yo llamaba. Ahora es pronto. Yo, yo te.
Al menos sé lo que no sé, sé que éste soy yo,
el que no sabe si extraña.
El que extraña lo que mira y es él el mirado.

Éste soy yo, sólo éste, de lo que mirado
hace lo extraño: una maravilla que es rueda.
Yo, de lo extraño que deja de hablar. Dejó de hablar.
Yo no sé la fecha, yo no sé el lugar,
porque mientras la rueda gira,
puede que quiera ser el de antes,
que sabía y anduvo y estuvo y era.

Yo el que anduvo sabiendo lo que sube y
mientras sube se enreda. Y es niebla.
Hace niebla. Luego viene la primera palabra
y nos separa. Y para ti misma sea yo el que
se vuelve extraño. Y es por seguir,
y es la disciplina de no saber cuándo.
Y es este hombre nuevo
que queda, el que no sabe
si debe extrañarte pero lo hace.

Ya casi. Casi termina.
Soy pájaro.
Soy, no lo soy.
Soy árbol.
Camino.
Digo, hablo. Oigo, escucho.
Escucha esto, ¿por dónde?, cuando estuve.

Ahora es pronto para la niebla,
quiero decir, estar donde había
estábamos. Porque no sé tampoco
si me sigo siendo extraño
y en la rueda me quiera ver
mientras bajo.

Así son las vidas, el residuo de otras vidas.
Escucha. Ahora escucha.

Acaba. Ahora acaba.

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serie renacimientos

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Desde hace un tiempo exploro de nuevas maneras, o vuelvo sobre lo mismo de nuevas maneras: o aprendo lo mismo de distinta maneras. En todo caso: reaprendo. Este proyecto, junto con el dibujo, nació hace poco. Es como si lo que comúnmente fuera la obsesión de mis ideas, de la maña de mis expresiones, fuera hecho por la parte de atrás. En todo caso: otros caminos para lo mismo.

Me ha dado ahora por llamarlo «renacimientos», porque son eso. De dónde viene, dónde debe ser ubicado lo que ha sido vivido. (¿Dónde para el ahora?) Porque bien puede ser que de nuestra vida deba volverse a escribir la historia con cada año, con cada generación a fin de hacerla comprensible a esta «nueva» persona que la compone.

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Se trata de hacer imágenes. (¿De volverse imagen?) Este es el primero: noise.

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aviso de incendio (última)

3.  Autoexpresarse. Lo contrario a la vieja frase que dice que «en clase no se habla».

Se piensa que el alumno va al colegio a aprender algo que no sabe, se piensa que el momento en el que traspasa la puerta del salón es el momento del conocimiento. Se piensa. Esta postura sostiene que el alumno aprende en clase, que básicamente el modo de aprender es escuchar el discurso que el profesor dice con el conocimiento que posee y que transmite: como si el profesor fuera líquido y sus alumnos envases. Aprender sería saber algo nuevo, aprender sería escuchar lo que acaba de ser dicho.

Lo contrario a la antigua frase, lo contrario a los cambios del pasado.

Entre pensar y lo que se piensa.

Lo que se da por hecho. Y sentado. (Quietos, no se muevan).

El aprendizaje se produce a partir de las actividades de interacción que realiza el alumno con su entorno. Se aprende de hablar con el compañero, de escuchar al profesor, de hacer cosas solo, de trabajar en equipo. También de estar al margen. De estar al margen. Tal vez aprender sea cuestionar las ideas recibidas y legadas de generación en generación. En este sentido profesor sería el que no sabe, en cambio el que ayuda a saber: es un guía, alguien que habla para ser escuchado. No para silenciar. Profesor es quien aprende a escuchar las necesidades de un grupo a partir de sus propias necesidades. Quien elabora y pretende un futuro para otros a partir de su pasado. El profesor es quien está en vela para lo venidero. La figura debe moverse en este nuevo espacio y tiempo: el profesor no debería estar al frente. Enseñar es estar a los lados.

Se aprende viendo a los lados, se aprende con cada vez menos frecuencia viendo al frente. Cerrando la boca al frente.

El alumno no va a aprender algo nuevo, viene a autoexpresarse, quiere ello decir: a exhibir sus propias dificultades ante la vida extrayendo de esta manera una lección que le sirva para la vida misma. En lugar de que el alumno venga al colegio a escuchar y el profesor marque algunas faltas, propongo que el estudiante y el profesor hablen de lo que significa vivir en un mundo sobresaturado de información, sobre el cual es necesario separar lo relevante de lo irrelevante. Una cosa más:

autoexpresarse es un ejercicio continuo de autocrítica y de confianza en sí mismo, ya que la elección que separa lo esencial de lo accesorio debe ser continuamente hecha: el mundo en el que vivimos no es más un mundo sólido, un mundo de certezas, de palabras y de sentimientos eternos. El mundo es un mundo hecho a la medida de lo humano: finito, mortal, contingente, limitado, que se acerca a su final en el mismo instante en el que ha empezado. El mundo en el que vivimos no ofrece más ningún tipo de estabilidad. El mundo en el que nos ha tocado vivir es un mundo que todo el tiempo se desliza, se mueve, escurriéndose en silencio, a veces en pleno desorden. Es entonces cuando nos convertimos, por así decirlo, en deudores de nuestra propia naturaleza: queremos que dure, pero todo pasa pronto. La tragedia siempre está a un paso de la comedia.

Todo pasa pronto.

Es esto, también lo otro: caos y ruido. El mundo en el que vivimos representa lo propio y lo que es nuestra esencia: es efímero. Esto constituye nuestra mayor debilidad. A la vez nuestra mayor fortaleza: todos tenemos en común la vocación a repararnos. ¿Cómo entonces educar y ser educados en este cruce de caminos? Siempre hemos tenido la respuesta, tal vez lo que necesitábamos era confianza.

Ten confianza en ti mismo.

He aquí el aviso de incendio.

4. Contenido y forma: sentidos y empleo del sentir.

Se debería venir a clase a dialogar, a hablar, a aprender a escuchar. A escucharse. Contenido que da forma, forma que empieza a involucrar marcas personales, sociales, culturales, accidentales y azarosas, llamándolos y llamándolas contenido. Esto soy yo, no otro: este soy yo. Mi educación ha comenzado a llamarse: la manera en que voy a llegar a ser lo que seré. Lo que he sido, lo que antes de este momento no era.

Lo que está siendo formado.

Sentido, sentidos. Sentarse. Vista, olfato, piel: diálogo. Esto era, esto es: palabra que llega a la boca. Boca que se vuelve por un momento mi espejo: mi interlocutor. Mi amigo, la amistad. Vengo a dialogar, vengo a ver cómo los demás, incluido el profesor, construyen significado, y pueda yo mismo, hablando, construir el significado de lo que después va a ser necesario para mí. En mis elecciones me elijo, en mis errores me corrijo. En la manera en que tengo de estar en el lugar que quiero, y a veces debo, llamo a eso vivir.

Hablar con el otro, dialogar sobre lo que es, verse en un espejo, antiguo sentido de la amistad, es ir construyendo un mundo a nuestra medida, sin encarcelarlo. Sin volverlo un mundo de formas humanas, ahíto de formas humanas.

También en silencio.

5. Ejercicio de aviso. Incendio

Para empezar a escribir, para conocerse lo suficiente, para entender cómo puedo relacionarme mejor con los otros. ¿Qué tipo de persona soy? ¿Con qué tanta seriedad me tomo? ¿Soy una persona que obedece y sigue a la mayoría? ¿Una que piensa por sí misma? ¿Una que se hace preguntas y genera inquietud? ¿O una que deja que el agua corra y el comentario que luego genere sea simplemente el agua ha corrido? ¿Qué?

Leer y escribir trascienden la intención de pasar un buen momento o de dejar todo a nivel emotivo y perceptivo, los discursos y lo establecido por otros: nos permite comprender el mundo en que vivimos y asumir el lugar que en él nos corresponde.

Expresarse. Autoexpresarse. El lugar y el espacio. ¿Dónde en el ahora?

Procedimiento: quiero que piense qué sucedería si del mundo se eliminase la libertad para lograr lo que uno quiere, lo que uno desea. Si del mundo se eliminaran las personas que nos guían y nos ayudan a ser cada más libres. ¿Qué pasaría si sólo existieran en el mundo personas que en todo momento nos hacen seguir reglas, obedecerlas? Si el mundo fuera un lugar en el que de antemano está puesto el sí y el no.

Una vez hecho este análisis, escriba un párrafo de buena extensión evitando muletillas, faltas de ortografía y puntuación. Si esto último no lo entiende muy bien, no se preocupe: la carpintería se aprende en clase. En cambio a pensar por sí mismo, eso lo hace uno mismo, por razones obvias. Sírvase del texto que acompaña este ejercicio para empezar a pensar, a imaginar, para luego escribir.

Aunque espero que el texto final sea legible, traiga igualmente sus bocetos, borradores, esquemas, etc. Quiero ver la manera en que tacha. Y hace borrones.

Texto: existen dos tensiones educativas, dos puntos que resaltan sobre todos los demás: por un lado enseñar; por el otro controlar, disciplinar. No considero que al colegio se venga a aprender disciplina, cuanto autodisciplina, esto es, la manera en que nos autorregulamos cumpliendo con procesos de aprendizaje que promueven nuestro desarrollo como seres humanos. Creo que al colegio uno no viene a aprender algo nuevo, cuanto a afilar la capacidad que cada uno tiene de pensar por sí mismo: eso que se llama libertad.

La libertad, la palabra libertad. Sin dejar de notar que la palabra libertad es el juego mediante el cual aplazamos la necesidad. Luego un sí o un no.

En este sentido, la autodisciplina es propia de individuos libres y capaces de elegir. Disciplina es para aquellos que obedecen reglas, que las siguen sin pararse a pensar qué sucede. Autodisciplinado es aquel que ve por sí mismo; disciplinado es el que necesita que otro vea por él. Por eso a la disciplina es tan fácil confundirla con el control. Yo no creo en nada de eso: creo que uno es el dueño de su tiempo y hace de él lo que quiere, sabiendo que éste se termina. Por eso no importa si es o no nuevo el profesor, lo que importa es qué tanto de mi propio tiempo ya he perdido. El tiempo que se pierde ya no vuelve. Es usted el que viene al colegio a aprender, a prepararse para la vida allá fuera: sea en la universidad, en el trabajo, en la familia, etc. También a perder el tiempo: eso que se llama, ve y vive.

Eso que se llama aprender, eso que es ser aprehendido.

Último. ¿Ahora quién habla? ¿Qué otro sino yo? Es eso, esto es eso, aunque nunca se llegue a saber y la jornada precisamente se justifique en no saberlo. Ahora, y nunca, que no sé qué yo. Y empiezo, y se empieza, alguno ha empezado.

Tú empiezas.