el resto que lo haga don sesto


un ciego que se le da por ver
Mayo 14, 2008, 6:25 am
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Acabo de visitar a Luis. ¡Y me ha dado! Me acordé del tiempo barrido: del tiempo ganado para no hacer nada. Voy a dejar de hacer esto. De escribrir así…. me acordé del tiempo en que me reía de mí mismo. Era un genio: bombilla prendida. Que si no había dinero, al menos no tenía trabajo, que si tenía trabajo, lo podía abandonar cuando quisiera, que si lo abandonaba y después no podía comer lo que se me diera, me parecía que estaba barrigón, y me vendría bien la dieta, que si luego perdía mucho peso, al menos calamaro seguía vivo, que si andrés no se le daba por repetir el honestidad brutal, no estaba solo, que si estaba solo al menos me podía bañar con agua caliente, que si no había, igual la fría era buena para la circulación de la sangre, que si no había circulación, las pulgas me acompañaban, que si no tenía dinero, buscaba trabajo, que si me daba el algo por estar dando el bote de oficina en oficina al menos salía a caminar. Nada de lo que me pasaba quedaba en su sitio: lo hacia pasar al otro, al que quisiera, no; a un sitio menos grave y de oficinas llenas de cajoncitos. Que si no habia nada en el cine, al menos seguia metiendo mano, que si no metia mano. Que si ya estaba bien de estar prestándole mucho a la búsqueda de trabajo, me ponía a escribir, de la escritura no es que me haya reido mucho. Descuido. Mentira: que si escribia mucho, me parecía necesario y me ponia un diez, que si ya me creia mucho, se me inflaba como un mundo el ego, me daba más risa, me reía de que una mosca aplastada en la ventana de una fábrica de colchones llevara mi nombre, y si la mosca le daba por pensar en su familia de mosquitas, a la cabeza de bonitos sesos se le daba por construir un mundo para derrumbarlo inmediatamente, un mundo no; una mierda de mundo, para ir midiéndole el pulso a la irreverencia. Y si me daba la depre, jugaba a estar deprimido.

Ay, señoras y señores, damas y damos: que me den.

Orlando Contreras - Yo Vivo Mi Vida



Quiero, pero no puedo
Mayo 13, 2008, 6:32 am
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Hay historias que se las debe dejar, porque no se sabe qué hacer con ellas. Es mejor dejar el principio, dejar la historia incabada, incompleta. Como pasa, y nos pasa todos los días. Lo otro: no he podido saber si vale la pena. Yo creo que no, y por eso es mejor compartirla antes que seguir adelante. Quiero, pero no puedo. Quiero seguir, pero no puedo. Me gustaria mucho si se le sigue el rastro: sea en el metro, en la mesa, por la noche, durante la mañana. Si vale o no la pena. (Parece que era sólo una imagen la que había que anotar. El resto lo pierdo). Hay historias que se deben dejar.

Lo que más saltaba a la vista caminando hacia mi antiguo empleo era Menú del Día, Almuerzo Ejecutivo, Sopa del Día. Y aunque por lo general ni la cocinera ni la mesera se lavaban las manos, ha sido el mejor sitio que he conocido para comer fríjoles rojos y picantes. La cosa funciona así: te dejas encandilar por un plato caliente, y bien servido, mientras haces como que trabajas por el adelanto económico de tu país. Para completar haces como que te pasas el jabón por la manos viendo tu reflejo en el espejo baño: el amor está en el aire. Los plátanos te huelen a meada. Y pensar, no puedo imaginar lo que puede ser que te mantengas de fríjoles, y con ellos a tus hijos, y a los que se aprovechan de tus hijos. Come pan. O ten el suficiente estómago para digerir una vaca correosa. ¿Dónde estaba?, estaba apunto de comerme el plato que no gana confianza a primera vista, con el que llenas el estómago, y por el cual tu chef de oficio intenta sacarte algún peso sin envenenarte.
Me he metido en la movida. He estado mirando cómo la dueña sostiene la cuchara a la altura de la nariz de su hijo por la que le darán cinco varas por la tarde. Excelente. Me encanta cuando uno cualquiera, un pendejo como yo, puede hacer y deshacerse en malas aseveraciones. No hace daño. Se me deja pasar como un loco: ya está. Y en la indistinción de hombres, de mujeres, de exterioridades, ver el payaso anunciando el Plato del Día. El como si. Luego te derrumbas en medio de granos de arroz, y te parece que la ineluctable modalidad de lo visible es totalmente absurda: ¿garbanzos verdes? Y mientras dejas al margen lo que parece ser la Entrada del Día al payaso lo han venido a relevar en un carrito lo más de mono. ¿Vendrá ella? ¿Vendrás? Es decir: cuando ves lo que hace el payaso con las servilletas, y vasos desechables, te fijas en el carrito mono que lo ha venido a buscar. Que no es otra cosa que un hombre dentro de una caja. Caja, hombre, caja. Hombre encargado de la cerveza, y de poner los cuadritos debajo de las bebidas de las pompas fúnebres en el negocio de su tiaco, quien en vista de la desesperación de algunos sufridos se ha ideado la manera de que los muertos tengan alguna especie de aventura. Te levantas, miras lo poco pesado de tu bolsillo, y ordenas, con el pesar de la sordera de tu cocinero, una doble orden de sopa. Seguramente quien te atiende mañana estará en la Oferta del Día. Excelente.
Luego bajas. Estás en la calle.
La bazofia me ha vigorizado un poco. Finalizo. Me voy. ¿Adónde irías si yo no te lo digo? Luego la calle. Y ayudándome para no ponerme de acuerdo conmigo mismo ando yendo y viniendo: tomándole el pulso de ser inquietante cuando tengo que callarme. ¿Cuántas cosas más?

Mañana. (Nuevo nombre, nueva caja).

De Vincent Gallo quería poner algo desde hace tanto. Ya era hora: que lo disfruten.
Vincent Gallo - Honey Bunny



Dejar cosas tiradas
Mayo 7, 2008, 10:38 am
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Quiero escribir hoy. ¿Qué tal una carta? Podría empezar de esta forma. Querida Ausente: ya no vendrás. Estando a mi lado ya no vendrás. Eso porque me gustan las historias tristes. Tristes, pero sin llanto. Soporto poco el llanto, soporto poco aquellos que no viven: que más bien se arrastran. Que arrastran los pies, y el ruido se escucha por todo el mundo. Me gustaría ponerle un título a la carta. Me gustaría un trotecito previo entre lo blanco, y el título, para dejarme caer mientras voy escribiendo. Mientras pienso el título, mentras pienso si decido o no escribir una carta, me gustaria hacer otra cosa: perderme en lo que ha hecho alguien de mi alguien que escribe.

El punto que más me llama la atención es este: cada uno va acumulando en un espacio lo que se debe contar para evitar que se estalle la cabeza. Así de necesario lo veo yo. Cuando algo no va bien con la escritura, ni siquiera con la necesidad de contar una historia, o de divagar: cuando me entra la desgana de escribir comienza a dolerme el cuerpo, y nada de lo que conscientemente me parece bueno, o deseable, lo es. Hay aquí una enfermedad: una enfermedad que consiste en ver mi nombre escrito, en ver lo que veo, escrito, para poder llegar a él. Hay una enfermeedad cuya síntoma es este: la vida llega tarde.

Ya existe una elaboración previa para vivir. Pero como si cada uno, cada quien, se llama como se llame, viva como viva, no tuviera un oficio similar: el oficio de llegar tarde. Para pasar la calle: ninguno ha dicho que se nazca con la suficiente sabiduria llamada pasar la calle. Para pasar la calle debe confluir muchísimo. Categorías, costumbres, coordenadas. Luego escribir es un oficio igual de complejo y de elaborado, y que llega tarde. Es otro oficio. Pero un oficio que llega tarde de una manera distinta. Esto distinto es lo que hace de la escritura algo posible.

Llegar tarde. Llegar cuando todo está hecho. Cuando la vida ya está vivida. Cuando vivir sería algo así como descender de otro espacio, de otro mundo. De otro planeta. Y el simple acto de conocer a alguien, de pedir la hora, es el choque de dos mundos que por esencia son distintos. La ciencia ficción sería nuestro credo. Ejemplo: pedir la hora
- ¿Qué hora es? Tienes horas. Es tan amable me dice la hora.
- Has llegado, has descendido. Eres un extranjero, un extraterrestre que está lejos de mí, y que no sabes nada.

Y no es simple poesía: así sucede. Luego la costumbre, la monotonía, lo gris reducen los espacios. Tiende puentes, traza autopistas, carreteras. Eso está bien: también mal. Porque olvidamos que somos de otro lugar: que esto que pisamos no existe, no es nuestro. Porque hemos llegado tarde. Vivir, llegar tarde, dadas las circunstancias, sería invadir un espacio no disponible. Esto es lo que hacemos. De ahí la intolerancia, la falta de respeto, de cariño. De humanidad. Faltaría una especie de seres humanos que nos ayudaran a manejar nuestros hábitos y costumbres: tanto a ablandar la realidad. Como no hacerlo.

Estos seres existen: son los que llegando tarde se vuelven otros en la páginas. Padre e hijo al mismo tiempo: nieto y bisnieto. Escribir es ordenar lo que está quebrado, pero haciendo de este espacio descubierto una línea, una fisura que le abra espacio al sueño. A recorrer de nuevo la costumbre.

La carta, por último:
hoy el amor real es más grande que el perdido. Hoy el amor lo he perdido, porque he perdido la vieja historia de amor.
Doy un punto más: nuestro encuentro fue ingenioso. Ha sido bueno. Cada uno pensando que quería tener al otro. Y el otro es tan distinto. Hay ojos reconociendo errores. Calle, número: chapa. Llave. Hay ojos que miran, y exploran el espacio.
Me suspenderé sobre pueblos lleno de nubes. Sobre el pueblo lleno de tristezas, de despedidas, de aventuras.
Me perderé luego.

The Do - On My Shoulders



Ya no Vendrás
Mayo 3, 2008, 6:53 am
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Breve y
densa teoria
para hablar de lo que antes no estaba ocupando
un espacio.

Al fin, el espacio.
Ocupar un lugar: mantenerlo. Mantener un lugar para que esté al alcance de la mano. Detenerlo.
Utilizar la mano, hacer uso de las cosas. Ocuparlas, tocarlas.
Y lo que llama la atención sobre ellas, esta mano que estiro para decir, cama, mueble, pelota, es la fuerza llamada atención. Y no es mera tautología.
Lo que llama la atención está determinado por el contemplar de alguien más. Hacer uso de la mano es llamar la atención. Lo que se hace, lo que está a la mano, se muestra como cosa poco usual. Porque es distinta a la mano. Que toca, que ocupa.

Al fin, el mundo.
Decir hay mundo. Nombrarlo, clasificarlo. Hacer uso… porque hacer uso es que caiga bajo la mano. Volverlo humano, al mundo, por el empleo de la mano. Y ahora estas preguntas:
Quién está ahí. Quién se encuentra ocupando un sitio. Quién tiende la mano.
Quién comparece. Quién toma mundo. Quién dice hay mundo.

Al fin, la pregunta.
Emplear la mano es ocuparla. Mantenerla ocupada es empecinarse en una sola aclaración. El empleo.
Emplearse: estirar, alargar. Emplearse es estar despierto. Despierto en todas las direcciones del tiempo. Perdón.
Del espacio.

Quien emplea trae uso: usa la mirada. ¿Quién mira? El poeta. ¿Quién hace uso? El poeta. ¿Quién tiende la mano? La remisión. Habría que hablar muchísímo para dar el paso: para pasar de la mano a la remisión.

Pero es esta una breve y densa teoría. También una disculpa.
(Para hablar de alguien más).

Densidad.

Al fin el espacio vacío, no alineado. Al fin lo denso, lo especulativo para no golpearse.
Lo denso, es decir:
la densidad. Para al final llegar a esto: ya no vendrás. (No hay nadie para ser esperado en mi espacio).
La densidad, es decir: un tiempo manchado. Para al final llegar a esto:
a nada.

¡A LLORAR! (¿Qué espacio, o es tiempo, ocupa el llanto?)

A que no hay poetas: porque siempre se necesite alguien más que nombre nuestro estar sin algo. Sin alguien. Ya no están tus zapatos cuando quiero ir a bailar.

The Dodos - Men